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Expedición Oaxaca
Por: Rafael Arévalo

 Son las 11 de la mañana.

En el bote hay unos preciosos medregales, (así le llaman nuestros amigos del Pacífico a cierta variedad de coronado), peces gallo de espectacular tamaño y algún buen pargo. Estamos exhaustos pero eufóricos festejando la pesca del día.  

Nos hemos dividido en dos grupos:  Luis, Alberto y Alvarito por un lado, y en el otro el Charlie, mi hermano Rafael y un servidor, en una alegre competencia sin más fin que la camaradería. Los capitalinos contra los de provincia. Todos buscamos el mejor trofeo: un pez gallo de más de 30 kgs. o un medregal mayor a ese peso.  

El día es perfecto, nadie del grupo se imaginó tener un mar tan quieto como un plato, el cielo totalmente despejado e increíblemente soleado, ya que el día anterior estábamos sufriendo con un fuerte oleaje y una corriente tremenda que amenazaba con estrellarnos contra la roca que sobresalía de la superficie dejándonos ver unos desagradables erizos negros y unas puntiagudas conchas. Tanto movimiento no permitía poder apuntar a nuestras presas como queríamos a pesar de lo grande de los arpones. El oleaje siempre nos mantuvo a raya y con el estómago a punto de devolver.  

Por cierto, ese primer día fue maratónico ya que nosotros, los de Mérida, nos habíamos levantado muy temprano para poder tomar dos vuelos que nos llevaran a Huatulco y a tener que manejar una camioneta por sinuosos caminos de la costa sur oaxaqueña debido a la serranía, y los capitalinos estuvieron muchas horas manejando, antes de encontrarnos en el aeropuerto de Huatulco.  

Esa tarde cuando nos reunimos, saboreamos un delicioso pez loro a la parilla que nos hizo favor de cocinar una señora del pequeño poblado al tiempo que descansábamos del viaje y escuchábamos algunos relatos de pescadores.  

Uno de ellos cuenta que no hace mucho tiempo un buzo de compresora perdió la vida cerca de esa playa, pues una manta gigante, (que son bastante comunes en el área y que pueden llegar a medir mas de 6 mts. de un ala a la otra), enganchó la manguera del equipo de respiración con el hocico y arrastró al buzo varios cientos de metros bajo el agua perdiendo su precioso aire y posiblemente descompresionándose. También preguntamos si había muchos tiburones en el área y la respuesta fue que no eran tan abundantes, pero que en alguna ocasión uno de los buzos se asustó mucho pero no por los tiburones, sino por una orca que se le había acercado a unos metros de él. 

Preparamos los arpones, todos de madera y unas ligas. Nuestro amigo Luis, haciendo la primera inmersión nos indica que aunque el agua esta turbia ha visto los medregales a unos 27 mts. de profundidad y unos minutos después ha capturado uno de muy buen tamaño.  Para alcanzar esa profundidad nos vamos turnando ayudándonos con la soga del ancla para lograr un buceo en apnea (a pulmón) lo más vertical posible. Dos medregales más salen a flote con implacables disparos a la cabeza. 

Poco tiempo después los peces se dispersan de la poza y nos vemos obligados a cambiar de lugar. Decidimos ir a una parte menos profunda entre unos 15 y 20 mts. de profundidad, y con mucha paciencia pasamos más de una hora revisando las rocas del fondo. De pronto un solitario pero enorme medregal se topa frente a mí, apenas me da tiempo para un disparo; logro un buen tiro en el tronco de la cabeza   y capturo un bello ejemplar de aproximadamente 34 kgs.  

Minutos después, recuperando el aliento del esfuerzo por dominar al pes cado, aparece a media agua, una escuela de enormes peces gallo,en unas fracción de segundo preparo el arpón y disparo…  la fuerza del pez gallo es tremenda, prácticamente esquío bajo el agua con todo y boya dejando una estela tras de mí; qué animal!!!, el arpón quiere salir despedido y lo tomo con fuerza mientras peleo bajo el agua. Los que están en el bote ven cómo me remolca el gallo con todo y equipo. Dominarlo me costó sangre y un poco más. Al subir la presa todos celebramos, ha ganado el grupo de provincia la reñida y cerrada batalla. 

Pero no hay mucho tiempo de celebrar, todavía hay que manejar algunos kilómetros y estar a tiempo para abordar el avión de regreso a casa. Hoy todavía sigo pensando en la diferente fauna de Oaxaca y en el delicioso ceviche peruano que comimos una de las noches del viaje. En mi pensamiento y seguramente en el de mis compañeros solo hay una idea: regresar a Oaxaca lo antes posible…


  HERRAMIENTAS






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