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Boca Paila Fishing Lodge: El encuentro con el abuelo
Por: Rolando C√≥rdoba

Para cualquier pescador familiarizado con el sureste de México, pescar en Boca Paila es como intentarle al premio mayor.

Este lodge o campamento de pesca fundado en el año 64, uno de los más antiguos y prestigiosos del país, propicia el acceso a uno de los mayores flats mejor cuidados y productivos del sureste mexicano. Boca Paila Fishing Lodge está situado en una hermosa línea de playa de azules turquesa que siempre es objeto de buenas noticias. Su historia habla de constantes “Grand Slam” y “Super Grand Slam”, reseñados por muchos medios especializados que siguen sumando mucho prestigio y fama a este campamento.

La diferencia con un premio al azar es que en Boca Paila nada queda a la suerte. Desde todo el apoyo al momento de la reservación (le aconsejo que la haga con tiempo suficiente) hasta complacer el deseo por descubrir, porque en Boca Paila…  todo es posible. Sus cabañas son lo que cualquier pescador desea después de 6 u 8 horas de pesca. Amplias, cómodas, de grandes vestidores, agua fría y caliente,  aire acondicionado, donde se premia el descanso con el sonido del mar que a pocos metros, se puede disfrutar lo mismo para reparar fuerzas que compartir con la familia y los amigos en un hermosísimo escenario que al igual que en sus aguas interiores, la pesca es de lo mejor.

Cuando llegamos al lodge habían varias familias alojadas y en lo que algunos disfrutaban de un chapuzón, otros se mantenían alejados practicando lances con sus cañas de mosca.

La llegada a este lugar es el complemento de un viaje que rodea una de las costas más hermosas del país. Durante la mañana y sobrados de tiempo, habíamos parado en una pequeña ensenada a pocos kilómetros de la zona hotelera de Tulum, disfrutando de la pesca de orilla con cañas largas, jornada que disfrutamos mucho, por lo que llegamos al campamento, nos bañamos y después de disfrutar de una exquisita cena -¡otro valor agregado!- y un corto descanso, armamos nuevamente las cañas de playa y le intentamos desde el frente mismo del lodge, donde hubo capturas de barracudas pequeñas, jureles y cojinudas que nunca faltan para asegurar la diversión, que a pesar de que la brisa del este comenzaba a refrescar el final de la tarde, nos permitió unas tres horas de capturas que siempre se disfrutan, y que nos sirvieron para esperar la noche e irnos a dormir, pues al día siguiente ya habían quedado acordadas dos lanchas con sus respectivos guías para salir a aguas interiores.

Junto a otros clientes-pescadores del lodge que llegaban al muelle, abordamos las embarcaciones. Manuel  Solís y Jaime Lubcke en una y yo en la otra, cada cual con sus respectivos guías ya conocidos por nosotros: Pedro y Juan. La razón de llevar dos lanchas (Dolphin  Skiff de 16 pies) era para abarcar más áreas y tomar fotos de una a la otra.... A bordo todo en orden, lunch, refrescos, chalecos, jugos y sobre todo, la disposición de estos hombres, algunos con más de un cuarto de siglo en estas aguas que le han dado a este campamento tan buena fama, con sus experiencias y el mejor trato para el visitante.

Siempre digo que navegar estas aguas es una sensación –valga la cursilería- muy difícil de explicar. La vista se pierde entre tanta naturaleza intacta. Las aves, todas distintas y todas iguales van formando ruidosas colonias, adueñándose de los pequeños islotes que la embarcación va sorteando para romper el espejo del agua, donde en más de un rincón se pueden ver saltar las sardinas tratando de huir de algún depredador hambriento… de esos que nunca faltan en estos flats.

A pesar de existir partes bajas donde se pueden caminar cientos de metros con menos de un metro de agua, las capturas muchas veces sorprenden por el tamaño, y eso mismo estábamos buscando, los bajos, donde según Pedro, suelen apostarse buenos robalos y sábalos que al atacar cangrejos y camarones, van dejando pequeñas turbulencias en el fondo que desde lejos, son ubicadas desde la torreta por el guía.

Empezamos la fiesta con los bonefish que nunca faltan, eran uno y otro en una y otra lancha, por lo que la diversión comenzaba temprano donde hasta los más pequeños dejaban ver su voracidad habitual.

Casteamos con plumillas pequeñas, señuelos duros, y gomas. Cambié a un Beach Walker de DUO de 1 oz, y comenzó la fiesta con los robalos que sin ser muy grandes, sumaban buenos encuentros. El quinto lance un jalón de mucha fuerza y dos tirones fuertes y secos me covencieron de que un robalo de buen tamaño estaba del otro lado de la línea, hasta que una corrida fuerte en dirección a unas rocas cercanas terminaba destensando mi línea  y lo peor: regresando sin señuelo… “Ese fue un buen robalo Don Rolando, -me dijo Pedro, hay que seguir terqueándole…”  mientras que en la otra lancha, cerca de una estructura maya  en aguas menos profundas, ya habían capturas de bonefish, cojinudas, barracuda, robalos y  en el caso de Lubcke, todos capturados con una plumilla pequeñita de color amarillo-naranja, que como héroe de batalla fue perdiendo poco a poco sus atributos sin dejar de pescar.

Así transcurrió la mañana, hasta que el sol y el hambre comenzaron a marcar la hora del lunch. Por momentos soplaba el viento con fuerza hasta volver la calma, así arrimamos ambas embarcaciones animando el día con las bromas de siempre, mientras que el sol seguía apuntándonos con más y más empeño, lo que también provocaba mucha claridad en el agua que de vez en cuando nos permitía descubrir algunas sombras nadando en los fondos cercanos.

Quizás, el caer al agua un pedazo de lechuga de mi sándwich fue lo que nos permitió contemplar de cerca, una nutrida familia de manatíes que poco a poco se fueron acercando. Son tan amigables que se dejaban tocar y mientras trataba de grabar debajo del agua con la cámara sumergida, llegaban a curiosear hasta casi rozar sus bigotes, para quedarse a nuestro alrededor como dándonos la bienvenida a su casa. Qué buena experiencia y que bien se siente verlos tan confiados, amigos del hombre que años atrás estuvo a punto de extinguirlos... Me comentaba el guía que recuerda que estos animales fueron víctima de mucha depredación debido a su exquisita carne (muchos dicen que hasta sabe mejor que la ternera) y sus huesos usados en artesanías y que gracias al nivel de conciencia de todos los que laboran en el área, hoy son cuidados con mucho esmero y vigilados de cerca por los responsables de la zona, para que puedan seguir habitando este paraíso admirado por todos, que sin duda, sigue lleno de sorpresas.

Me contaba Pedro también que dentro de la laguna viven varias familias de manatíes y que son la atracción de cuanto visitante extranjero llega al campamento y que el hecho de que aparecieran de inmediato, es que estábamos a pocos metros de un gran hueco donde habitan juntos con grandes meros y cuberas, una de las familias más numerosas de estas hermosas criaturas.

Ya pasado el mediodía, alistamos cada quien sus avíos y de nuevo cañas en mano…

Comentaba con Pedro del buen robalo que se nos fue en la mañana y acto seguido me dijo a modo de consuelo: “Don Rolo no se preocupe, lo voy a llevar a un canal que está cerca del muelle… allí sí hay bicho grande” y en lo que arrancaba su motor  y viraba con cuidado en dirección sureste, concluyó con una sonrisa “ Ud. va a ver que tenemos suerte….”

Cuando llegamos la zona era conocida por nosotros, lo que desconocíamos eran los más de 18 metros de profundidad que tiene el canal. El agua estaba como un plato lo que hacía más espectacular los enormes  saltos que en varios puntos producían decenas de enormes lisas por al parecer, los ataques muy voraces de algun depredador que atacaba y volvía atacar. Los ataques se sucedían con mucha frecuencia con algunos metros de distancia entre uno y otro donde por momentos, se dejaban ver pequeñas hondonadas en el agua que al parecer eran producidas por peces de tamaño mayor, notándose más, cuando el agua volvía a quedarse –literalmente- como un espejo.

Llevaba mi equipo ligero para uso en los esteros: mi caña Yamasaki de 7 pies, un Symetre 4000 con línea braid de 15 libras y leader Ande de 20 lbs, amarrado directo a la línea.

Por algo llamado intuición lo primero que hice fue cambiar el leader por uno de 40 libras Yo-zuri (el mayor que llevaba )y asegurarme bien del nudo de empate, un Albright invertido. Revisé el drag  de nuevo y coloqué, lo que mejor creí que rompería con esa quietud y fue un Pencil de Duo (ya comenté de ellos en el número anterior de Troleo) pensando… lo que fuere que ande ahí abajo: ¡o sale o sale! porque el movimiento y el sonido de este pencil son asombrosos, lo que me garantizaría su presencia desde aguas más profundas  –Es un Popper? me preguntó Pedro… -No Don Pedro, es un paseante… y me fui a la punta de la lancha buscando alguna señal de presencia en lo que la corriente lenta, muy lenta, nos acercaba a unos troncos que salían a la superficie... eso me preocupaba. 

Permanecimos unos minutos  en silencio, casi estáticos… señalando cuando veíamos algún movimiento del agua, lo que los guías llaman “aguas nerviosas” pero no, no era lo que buscábamos, hasta que a unos 20-30 metros de nuevo el splash ¡¡inmenso!! y los saltos de las lisas brincando hasta casi un metro de altura… y en ese momento le escuché muy bajito a Don Pedro… “ahí está Don Rolo, ahí está” y lanzando lo más certero que pude, logré colocar el DUO en la dirección donde lo quería: unos 8-10 metros después de la zona más violenta. El señuelo cayó y como el agua estaba muy movida esperé unos segundos a que bajara el frenesí para moverlo. Mientras más lo acercaba más enérgico hacía el recobro y más cortas las paradas, hasta que como en el quinto o sexto “paseo” sentimos más que ver, lo que pensamos fue un estruendoso coletazo que levantó mucha agua para que la caña, estuviera a punto de salirse de mis manos.

De inmediato y asombrado por la fuerza del ataque, temí por la velocidad de salida del carrete... sentí como llevaban el señuelo al fondo de forma muy violenta,  lo que me llevó de inmediato a aflojar el freno con la mano izquierda para con ambas manos sostener la caña sin levantarla más de lo necesario, para ofrecer solo algo de resistencia, confiado en que lo que fuere, podía sacar toda la línea que quisiera  sin riesgos de romperla y menos dañar el carrete, lo que hubiera sido el fin de todo...

Mi preocupación no era saber de qué pez se trataba, eran los troncos que salían a la superficie a pocos metros, porque con cualquier roce de la línea estando tan tensa podía dar al traste con la captura. Tiré de la caña para el lado contrario,  sentí que cedía algo pero para mi sorpresa no fue así, solo y al parecer, se estaba regresando como buscando más espacios...

¡Esa primera corrida fue impresionante! durando entre 8-10 segundos, alejándose lo que suponemos unos 40 metros nadando de una banda a la otra. Don Pedro parado en la torreta no le quitaba la vista a la línea amarilla que cortaba el agua mientras con el pole, hacia presión para no dejar que el pez nos moviera. -¡Pedro esto no es robalo ni sábalo...qué es? casi le grité… y diciendome que no con la cabeza y sin quitar la vista de la línea amarilla me dijo: “Parece jurel… ¡pero un señor jurel Don Rolo, un señor jurel!” y comenzó la batalla.

Después que logré recuperar algo de línea porque al parecer se devolvía, me permitía hacer solo un poco de resistencia frenando el carrete intermitentemente con la palma de la mano con mucho cuidado, porque cuando aplicaba presión la punta de la caña se doblaba tan bruscamente que creía que se partía, y así estuve unos minutos, bajando y subiendo la caña mientras la línea, más rápido o más lento, no dejaba de salir.

Me tranquilizaban las más de 300 yardas de braid pero el reel se seguía vaciando. En lo que lograba recuperar 2-3 metros me volvía a sacar 7-8… y la línea saliendo. El pez había logrado virarnos completamente contra corriente, alejándonos del peligro de los troncos y situándose al centro de un canal de unos 60–70 metros de ancho -pienso que buscando la zona más profunda-, lo que nos ayudaba en algo a predecir sus rutas.

Con mucha precaución seguía tratando  de  frenar las salidas continuas de línea en lo que Pedro desde la torreta sentenciaba:  “Ya lleva 16 minutos Don Rolo”… Y Don Rolo, acostumbrado a sus animalitos del estero ya sentía el brazo laaaargooo y pesado, estaba consciente que a esa hora hubiera requerido un equipo mayor. Tenía que cansarlo porque no podía rendirme antes de doblegarlo… no podía acortar los tiempos, solo esperar que se cansara, algo que Don Pedro me dejaba saber cada cierto tiempo…“Ya llegó a 23 minutos…” y al preguntarle  –Oiga ¿y por qué no me ayuda con la lancha…? me respondió con sabiduría:  “Si lo acerco al pez, no lo va a cansar” y medio sonriente finalizó: “así que échele ganas”… y ganas eran las que me sobraban pero “aquello” no se dejaba. La otra lancha ni se veía.

En una de esas, que medio me enderezo y tensando la caña con una sola mano para descansar del recobro, divisamos otro movimiento en la superficie del agua como a 70 yardas de nosotros, y comenté: “parece que hay otro bicho grande por allá” y sonriendo me dice Don Pedro “Don Rolo, ese es su pez… por allá anda” y fue cuando me dije: Uff o lo saco o….o lo saco!

Y de nuevo con el antebrazo ya adolorido trataba de recobrar poco a poco, con la diferencia que comenzaba a recobrar casi lo mismo que me volvía a sacar y hasta más, y así, ganándole metro a metro me permitió traerlo más seguido entre carreras más cortas y menos seguidas, para seguir acortando la distancia que me seguía pareciendo interminable, hasta que por primera vez lo vimos flatear más cerca en lo que Don Pedro casi susurraba: “¡Oiga Don Rolo… ese bicho está enoooorme!… es el abuelo de todos los jureles de Boca Paila…con razón ya llevamos 32 minutos…”

El último esfuerzo del pez fue para pasar por tercera vez por debajo de la lancha, obligándome a pegarme a la borda y meter más de la mitad de la caña en al agua, en lo que Don Pedro -¡¡nada como un buen guía!!- comenzaba ahora sí, a seguirlo girando la embarcación lo que me permitía aunque muy cansado, seguir recobrando para acercarlo lentamente,  hasta que Don Pedro bichero en mano, soltó el pole comentando: “Le voy a meter el gancho porque no tengo jamo para este bicho…” yo solo aprobé con la cabeza y abriendo el drag... caí sentado, en lo que Pedro con el leader en la mano y de un solo intento, logró ensartarlo y con bastante esfuerzo ponerlo dentro de la embarcación... habían pasado 37 minutos.

Lo que siguió fue un gran abrazo, largo y emotivo. No puedo negar que me temblaba el brazo como tampoco la satisfacción que sentí cuando miré mi “equipito” al lado del jurel. Recordé las veces que vi la caña doblarse de manera muy brusca, lo que resistió en cada embestida, las veces que la llevé al límite para entender cuando Héctor Yamasaki me insistía en construir esa caña con un blank  Batson… “Es que son garantía” me insistió en aquella ocasión. Quizás otra caña no hubiera resistido lo que resistió esa Sphyn…

La adrenalina me negaba el cansancio sorprendiéndome por momentos tratando de recordar... estaba satisfecho, y más cuando nunca he sido de los que buscan las grandes capturas, de hecho hasta ese momento ni me había preocupado por el peso del “abuelo” donde ya algunos habían dado su veredicto mientras otros pronosticaban un posible record por el equipo y sobre todo el libraje usado en su captura... por lo que llegar al campamento fue noticia, donde más de uno fue a buscar su cámara para posar junto al jurel, antes de llevarlo al asador.

A los pocos minutos de llevarlo a la nevera, uno de los muchachos de la cocina se apareció con una báscula e insistió en pesarlo para lo que se volvió a llevar al patio, y aunque ya estaba bastante deshidratado el resultado fueron 36.9 libras, convirtiéndose “el abuelo” en el récord actual de jurel, de Boca Paila Fishing Lodge.

No había duda, resultó ser una excelente jornada. Lo que restaba era un buen baño y la cena para regresarnos a nuestras tierras, convencidos una vez más que en Boca Paila todo es posible, todo: ¡hasta ganarse la lotería!.


  HERRAMIENTAS






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