Artículo
Del tartán a los esteros...tras la huella del sábalo
Por: Lawrence Steinke

 Conforme girábamos para caminar hacia la calle una voz suave resonó diciendo “Miss”, una jóven niña maya tiraba suavemente de la manga de mi esposa y al mismo tiempo nos regresaba un billete de 20 pesos que aparentemente se había atorado con otro billete al pagar por un chal con una vendedora ambulante.  Nunca hubiéramos notado la diferencia, pero ella demostró la integridad y la amabilidad que podíamos esperar de los campechanos que conoceríamos.  Agradecidos aceptamos que nos haya regresado el billete azul y seguimos caminando hacia el Malecón, el camino principal a lo largo de la orilla del mar en Campeche.  Reflexionando brevemente, nos pusimos de acuerdo en que éste era el tipo de experiencias que enriquece un viaje. Eso, y también las docenas de sábalos blindados con su armazón plateado y el estrépito de sus branquias tratándo de librarse del acero enterrado en los costados de su boca.

Siete meses antes habíamos estado sentados con nuestro amigo Paul, quien nos contaba con gran detalle el gran lugar que es Campeche en México para visitar. Pero Paul no es propiamente un pescador y no pudo responder la pregunta clave en mi mente: ¿Qué se puede pescar en ese lugar?  Un poco más tarde me vi con la obligación de “googlear” pesca en Camnpeche, y me encontré con “Tarpontown Anglers”.   El sitio web mostraba muchas fotos de pescadores de sábalos agarrándolos como trofeo para la obligatoria foto, con sonrisas tan grandes como los peces. Al parecer, sí había que pescar –y mucho- en ese rincón del planeta.

He tenido la oportunidad de hacer pesca con mosca de diversas especies de peces, pero el sábalo tiene una manera única de entrar en la sangre y quedarse ahí por siempre.  Me encanta la pesca de la trucha arco iris y del salmón. La pesca con mosca de la trucha es básica en mi dieta como pescador, pero en aguas saladas en particular, el sábalo, una vez que te enfrentas a él, te mantiene como un pitbull por la calle de tu barrio.  El sitio web Tarpontown había despertado mi adicción y se había convertido en una misión el llegar a Campeche para vivir la experiencia.

Mi mayor sábalo adulto ha sido un modesto ejemplar de 48 kilos y yo sabía por el sitio web que no superaría mi récord, pero parecía que iba a ser todo un reto el tratar de arrastrar un sábalo juvenil de entre 5 a 15 kilos fuera del fondo entre raíces del mangle, troncos caídos y espacios muy reducidos de los arroyos y lagunas.  El sábalo quien llama hogar a estas aguas de la reserva natural de Los Petenes, son peces que residen ahí mientras son jóvenes y practican su futura migración en los profundos canales rodeados de hierba para luego seguir a mar abierto unos años más tarde. Y son estos primeros años de vida  los que ofrecen una gran oportunidad y ponen a prueba a principiantes y expertos por igual.

El 26 de diciembre, mientras la mayoría de mis amigos solo sueña con la pesca -debido al congelamiento de lagos y ríos donde vivo en Calgary en el estado de Alberta en Canadá- yo me embarcaba en un viaje que me haría al final de la aventura, más humilde como pescador.

El primer día en Campeche la pasamos conociendo a nuestro anfitrión Raúl Castañeda y a su esposa Laura, caminando por las ruinas mayas de Edzna como sus invitados, y entre la amena plática Raúl sugirió que fuéramos a pescar por un par de horas para que conociera la zona de mangles. 

A menos que yo estuviera en mi lecho de muerte, e incluso entonces, no habría tenido que preguntarme por segunda vez para embarcarme.  No podía esperar para mojar algunas plumas.  Teníamos poco más de tres horas de sol e íbamos a sacar el máximo provecho de aquella tarde. Después de un corto viaje de diez minutos llegamos a la zona de manglares al norte de Campeche.

Apenas había terminado de armar mi caña, cuando escuche a Raúl, “¿listo para lanzar?” Apresuradamente prepare mi  mosca, -estaba por darme cuenta qué tan rápido lo hice-, y amarré la que había sido escogida de mi caja por nuestro guía Juan.   Fue una probada y verdadera “Black Death”.  Un lugar entre dos arbustos de manglares se señaló y yo lancé unos 25 metros justo en el punto.”Buen lance” escuche de Raúl, reforzando mi confianza. “Ahora tira... tira... espera.... tira... tiiiraaaa .... tiraaaaaaaa ....

A medida que las órdenes venían a mí, y justo cuando iba hacer la última recogida antes de lanzar nuevamente, un sábalo emergió de las aguas coloridas de tanino dejándome con una línea muy apretada y  en segundos, cortada e inerte! Me había quedado sin mosca al final de la línea… era una pérdida fatal que sólo podía ser atribuida a un “error del piloto”… cielos! La maldición de todo pescador.  Dejé escapar un sábalo de 5 kilos aproximadamente con un recuerdo de Canadá incrustado en su huesuda boca. 0 a 1!  En seguida otro shock tippet de 40 libras estaba atado a mi leader y otra Black Death anudada al final de mi línea.

“Ok, ves esa sombra justo a la izquierda de ese arbusto de mangle? Ponla ahí”. Raúl me dirigía y lance unos 20 metros de la línea.  No era exactamente donde tenía que quedar. “Más a la izquierda”, fue la instrucción y esta vez me las arreglé para ponerla en lo profundo de las sombras a unos pocos centímetros de las ramas. “Línea lista” fue el comentario de Raúl, y en segundos, otra bala de plata estaba en el aire sacudiendo fuertemente su cabeza… otros dos saltos consecutivos y antes de que yo supiera qué más hacer, mi línea se aflojaba de nuevo. 0 a 2!

Unos quince minutos más tarde, se presentaba mi siguiente buena oportunidad pero esta vez con las suficientes instrucciones y ensayos para conseguir un sábalo:  Punta de la caña hacia abajo, aplicar presión lateral, y lo más importante para lograr el éxito: “inclinarse al rey”, el mantra de todos los cazadores de sábalo. Una vez más otro tiro decente en las sombras de los arbustos de mangle fue recompensado con un agarre sólido.

Esta vez, cuando el pez emergió de las aguas oscuras recordé hacerme hacia adelante e inclinarme al rey para darle holgura a la línea sin tirar y ejercer fuerza contra el acero para no sacar la mosca de su boca. Dos saltos más y se estableció una dura batalla en contra de la caña que firmemente empuñaba mi mano. Se iba a la izquierda, me iba a la derecha, tiraba hacia la derecha, me arrimaba a la izquierda y después de un breve período el leader estaba en las competentes manos de Juan.

Segundos después posábamos para la cámara con mi primer sábalo campechano de unos 4 kilos. Durante los siguientes cuarenta y cinco minutos pasaron pocas sombras oscuras persiguiendo mi mosca, solo dos sábalos que saltaron, pero ninguno embarcado. Con mi ego firmemente bajo control y un registro de 1/5 nos dirigimos de nuevo a la orilla mientras el sol hacía su descenso final en el horizonte.

A la mañana siguiente la partida fue a las 6 a.m. a planos más profundos y más lejos de la costa. Los agudos ojos de Juan pronto descubrieron un sábalo, despacio y con calma aleteaba alimentándose en las aguas más tibias de la superficie. De hecho, había muchos sábalos nadando en la zona, era difícil decidir dónde tirar.  Una vez más Juan fue a mi rescate, me hizo señas y me ordenó castear a las 11 en punto.

Aprovechando que había sacado mucha línea empecé mis movimientos realizando un tiro largo en la dirección que me dieron. Recogí la mosca suavemente y justo cuando estaba a punto de le         vantar para castear de nuevo, un sábalo de unos 8 kilos salto del agua persiguiendo furioso el engaño, uffff!!!

Casi aterriza dentro del barco provocando un alboroto en la aurícula izquierda de mi corazón. Hice una pequeña pausa para evitarme un infarto, lance de nuevo y después de unos cuantas recogidas o “strips”, otro lance agresivo de un sábalo arrebata la línea. Éste se dirigió hacia el norte saltando cuantas veces quiso, pletórico del vigor de un sábalo adolescente que lucha por su vida. Poco después nuestros caminos se separaron a pesar de los valientes esfuerzos de mi parte para dar la holgura necesaria y bajar la caña de pescar a tiempo. No era nada fácil aquel trabajo. Esos sábalos campechanos estaban haciendo estragos y mi ego comenzaba a recibir una paliza.

Quiso la suerte que en mi quinto enganche la línea fuera capaz de permanecer unida al pez lo suficiente para que Juan pudiera tomar el leader firmemente para sujetar al sábalo, desengancharlo y subirlo al barco logrando así mi primer “grip and grin” (agarrar y sonreir) del día, el número dos para la cámara, esta vez con un bonito ejemplar de 9 kilos en las manos.

Este patrón continuó durante gran parte del día, con veinte sábalos enganchados y un 20 por ciento logrados y regresados al agua vivos y muy sanos.  Algunos daban esperanza fugaz, con el leader a punto de ser tomado y otros simplemente desaparecían en distintas direcciones después de un puñado de saltos.  Frustrante y estimulante a la vez,  pero sin duda, la mayor experiencia lograda en una excursión y con más enganches realizados que en cualquier otro día de pesca.  Un disipado frente frío y las condiciones casi perfectas del agua, habían causado una jornada de pesca con mosca que a veces uno solo puede soñar.

Los siguientes tres días de pesca vi como mi promedio de sábalos logrados subió a un poco más de 50 por ciento con quince enganches cada día. En general, tuvimos una experiencia poco creíble diría yo, con un mar lleno de sábalos y gracias a un servicio inmejorable de los guías de Tarpontown Anglers. Mi conclusión sería que si estás buscando los grandes plateados en el rango de los 60 a 100 kilos, éste no es el lugar para ti.  Si pretendes un verdadero desafío con sábalos juveniles, fuertes, retadores, sumamente inquietos y disfrutar de la pesca distraído solamente por la belleza y sonidos de numerosas aves, éste es definitivamente el lugar ideal.

Regresaré de nuevo a Campeche, la adicción por el sábalo juvenil se reveló ante mí y seguramente jamás me soltará.


  HERRAMIENTAS






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