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Días de sábalo
Por: Carlos Godoy Bibiloni

-“Había pasado casi una hora de búsqueda y los sábalos no aparecían. 

En el bote, tres pares de ojos escudriñaban el horizonte buscando un esperanzador reflejo en la superficie que nos delatara su presencia. Las condiciones no eran perfectas  y aunque aún lejano, parecía que el huracán Isaac nos estaba jugando una mala pasada. Sin embargo, con el sol ya un poco más alto, empezamos a ver otras lanchas moverse en una misma dirección, señal de que las cosas empezarían a cambiar. "-

Cuando escuché a Carlos Ruiz,  el guía que esta ocasión estaba al frente de la lancha decir:  -¡ahí están!,  ¡No puedes fallar!   ¡quizás esta sea la única oportunidad del día!- solo hizo que mis nervios aumentaran y mi corazón empezara a latir a mil por hora pues aún y después de muchos años de pescar sábalos, estos peces siguen poniendo nervioso al más experimentado pescador, solo con el simple hecho de verlos salir a la superficie.

Los sábalos venían rolando lentamente con dirección hacia la lancha. Traté de concentrarme y no cometer errores.  Atento a las instrucciones de Carlos, hago el primer lanzamiento y después de los primeros strips, ¡bang!.. siento el fuerte jalón en mi línea de mosca del número  12, - ¡lo tienes!  ¡Clávalo fuerte! - gritó Carlos. El sábalo brincó y pudimos ver que se trataba de un ejemplar de tamaño  mediano pero no por eso menos poderoso e imponente.  Mi caña se doblaba casi a 180 grados ante la fuerza del sábalo y después de unos 30 minutos de pelea, lográbamos acercarlo a la lancha.

Carlos lo tomó de la mandíbula y hábilmente lo subió y lo puso sobre mis piernas. Tomamos unas fotos y lo liberamos. Era el primer sábalo y como dice mi amigo Alejandro “Ruso” Vega, el viaje estaba hecho pues con los sábalos grandes, nunca sabes qué puede pasar.

Volvimos a buscar otro cardúmen de sábalos y en poco tiempo los teníamos enfrente.  En la lancha también me acompañaba mi hijo Carlos, quién ya había logrado sus primeros sábalos grandes en otros viajes pero que moría por tener otro prendido a su caña de mosca.

A parecer las condiciones harían que los sábalos estuvieran difíciles, por lo que  la sugerencia de Carlos el guía fue que ambos lanzáramos al mismo tiempo.

Le cedí la proa a Carlos Jr.  y yo me quedé en la parte trasera de la lancha. Cuando los tuvimos a distancia, ambos lanzamos y empezamos a mover las moscas esperando con ansias que arrebataran el engaño.

Afortunadamente para mí y desafortunadamente para él, un sábalo tomó mi mosca.  Debo confesar que esto no me alegró mucho pues yo quería que mi hijo tuviera un sábalo más en su cuenta personal.

Cuando el sábalo brincó, vimos que éste era mucho más grande; de más de 100 libras por lo menos.  Lo trabajé tratando de poner la mayor presión posible para cansarlo rápidamente pero esto no ocurriría hasta casi 45 minutos después. De la misma forma que al anterior, lo subimos cuidadosamente para no lastimarlo y tomar algunas fotos.

A punto de liberarlo, una loca idea pasó por mi cabeza,  ¿y por qué no lo liberas en el agua?...no lo pensé dos veces y me lancé al mar. Lo tomé por la boca y comencé a moverlo lentamente. El sábalo se recuperó muy rápido y suavemente comenzó a nadar alejándose de la lancha.  ¡La experiencia fue maravillosa! Nadar junto a ese gran pez, parecía un sueño hecho realidad.

Dos sábalos grandes en dos oportunidades en el mismo día era una cosecha magnífica así que debería sentirme feliz, pero la realidad es que me sentía mal pues mi hijo no había logrado enganchar el sábalo que tanto quería.

En ese momento tomé la decisión de ya no pescar más y de dejarle el tiempo que fuera necesario a él,  para que lograra su propósito.

Carlos, el guía se dirigió nuevamente hacia el área donde habíamos estado viendo sábalos. Ya con Carlos jr.  al frente de la lancha buscamos una nueva oportunidad y al poco tiempo, los teníamos a poca distancia.  Mi hijo tomó su caña y se preparó.  Tanto el guía como yo,  y casi al mismo tiempo, le dijimos;   -¡Es tu chance!- Carlos jr. hizo un buen lanzamiento y al tercer jalón, del  fondo vimos surgir un enorme sábalo y tomar su mosca. El sábalo corrió y los 3 gritamos;   -¡ya lo tienes!, ¡está enorme! -

Sin embargo después de la primer corrida y al empezar a ejercer presión, ocurrió lo inesperado, la línea se aflojó y el sábalo se había soltado.  La cara de Carlos jr. lo decía todo…  Lo animamos a seguir intentando pero por ese día ya no hubo más oportunidades.

El segundo día, el mar amaneció mucho más calmado lo que nos hacía pensar que sería una mejor mañana. Quizás era la calma antes de la tormenta,  pero finalmente fue un día muy difícil pues aunque si vimos sábalos, no hubo ninguna oportunidad clara de presentarles la mosca.

Después de muchas horas de intentarlo tuvimos que regresar a tierra con la cuenta en ceros. Ni hablar, así es la pesca y más la de sábalo grande. Mi hijo comenzaba a sentirse aún más frustrado.

La mañana del último día de pesca se presentó hermosa y con un ligero viento del poniente.  Esta vez, nuestro guía seria mi amigo Alejandro “Ruso” Vega, lo cual representaba una gran ventaja pues su experiencia en la pesca de sábalos grandes con mosca es tan vasta, que las posibilidades de logar una captura son muy elevadas.

Comenzamos a buscar a los sábalos pero estos no parecían querer cooperar. Los veíamos y antes de poder posicionar la lancha, estos se iban al fondo. Las cosas se complicaban demasiado y las horas pasaban. No necesito contarles lo que siente un pescador cuando sabe que es el último día de pesca y la captura no llega.

Comencé a sugerir a  “Ruso” que nos fuéramos al manglar para poder pescar al menos unos sábalos pequeños pero él no estaba dispuesto. Su experiencia le decía que debíamos permanecer en la búsqueda y más adelante me daría cuenta que no estaba equivocado.

Ya cerca de la 1:00 pm a la distancia, el ojo experto del “Ruso” divisó una mancha en el mar. - ¡Son sábalos!-  exclamó

Carlos jr.  se preparó y se paró en la proa de la lancha. El motor eléctrico nos acercó lentamente al cardumen y “Ruso” nuevamente dió instrucciones: -¡Prepárate!,  en cualquier momento van a salir.-

Como si sus palabras fueran de profeta, al poco tiempo vimos surgir del fondo un gran número de sábalos a solo unos metros de la lancha. -¡tira!- dijo “Ruso” y esta vez los nervios traicionaron a Carlos, hizo un mal lanzamiento y la mosca terminó enganchada en su pantalón. 

La oportunidad se había perdido y parecía el fin de la historia.  En la pesca con mosca las oportunidades se van tan rápido como llegan y cualquier error, puede significar perder la oportunidad y la captura.

Con los ánimos por los suelos,  Carlos jr.  estaba a punto de “tirar la toalla” sin embargo “Ruso” siguió insistiendo. Dimos varias vueltas en la zona hasta que logramos ver un cardumen más. El reloj marcaba casi las 2:00 pm por lo que esta sí sería la última oportunidad del viaje.

“Ruso” posicionó la lancha con gran maestría y al igual que el primer día de pesca hizo la misma sugerencia que Carlos, el guía con quién pescamos  la primera ocasión;  -tiren los dos por que esta si es la última…-

Momentos antes yo había cambiado la mosca de la caña que traía mi hijo por una “black death” con muchos brillos, sin saber que esta haría la diferencia.

Lanzamos ambos y después de mover la mosca, en mi caña, no sucedió nada pero de reojo pude ver como se tensaba la línea de Carlos y él le pegaba unos fuertes jalones para asegurar el anzuelo en la dura boca del sábalo, consciente de que en esta no podía fallar.

El sábalo brincó y Carlos Jr, solo pudo decir casi gritando: -¡gracias!- Esta vez, el sábalo no se había soltado. Estábamos felices, la insistencia y perseverancia de “Ruso”  había hecho que tuviéramos un sábalo más en la línea.

El calor de esa hora, lo cansado de Carlos Jr. y la fuerza del sábalo hacían que subirlo fuera todo un reto. Le tomó 1 hora y 30 minutos poderlo realizar y aunque él ya había pescado otros más  grandes , sin duda, este era el sábalo que más lo había hecho sufrir.

Tomó el líder y enganchó al sábalo procurando no lastimarlo y de un fuerte jalón lo puso dentro de la lancha. -¡Bien!- Gritamos todos,  tomamos muchas fotos  y procedimos a liberarlo.

Al terminar, Carlos jr.  pidió agua y al pasarle una botella me di cuenta de cómo estaba en realidad, pues  totalmente exhausto, no tuvo fuerza ni para sostener aquella botella que terminó en el piso de la lancha. Estaba pagando el precio de haber desafiado a ese sábalo, pero por dentro seguramente gritaba de alegría.

Son más de 15 años de perseguir religiosamente a los sábalos y lejos de cansarme o mucho menos aburrirme, cada vez que pesco uno grande no hago más que enamorarme de estos majestuosos peces de armadura de plata.

Si Dios lo quiere, ahí en la hermosa Isla de Holbox, los veremos en la próxima temporada…

 

  HERRAMIENTAS






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