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Encuentro con el REY en su Reino
Por: Rolando C√≥rdoba

Conocido como el “Rey de Plata” por esos relucientes brillos que muestra al saltar en el agua, siempre resulta tentadora la pesca del sábalo y más por lo difícil del enganche.  Ni hablar de las impresionantes peleas que brinda una vez clavado el anzuelo con brincos que hacen que la adrenalina aflore y te envuelva en una experiencia que cautiva y muy difícil de describir sobre todo con el sábalo del manglar de Campeche, conocido como “baby tarpon”.  Su juventud le permite una pelea más fuerte y dinámica qué sábalos mayores, pudiendo saltar y elevarse varios pies fuera del agua dando enérgicas vueltas para zafarse del anzuelo. Se afirma que “la jubilación de todo pescador de mosca debe ser con la pesca del baby tarpon”  por la experiencia y maestría que solo se ganan con los años  y Campeche, es el mejor lugar para ello.

Confieso que la pesca del sábalo no es una de mis pescas preferidas -o no lo era- hasta que estuve tantas horas disfrutando de ello, aprendiendo -diría yo,  con la compañía de verdaderos maestros en este menester: la empresa “TarponTown Anglers” de Campeche.

Tarpon Town es famosa por la calidad de sus servicios. Su gente sencilla y amable te deja ver  que  estás tratando con profesionales muy calificados, que su premisa es la satisfacción del cliente en cualquiera de los servicios que ofrece, que además no son pocos, y cada uno con una infraestructura que cubre hasta el mínimo detalle del visitante más exigente. Así sucedió desde nuestro arribo al Ocean View, hotel que sirve de apoyo con sus excelentes instalaciones,  para ofrecernos desde el malecón donde se ubica, la mejor vista de lo que sería nuestro campo de acción: la hermosa Bahía de Campeche.

Las aguas de esta bahía, por no recibir los vientos del este y tener fondos poco profundos siempre están en calma. Contrastan  con las aguas, los verdes intensos que despliega toda la ribera llena de manglares,  desembocaduras de ríos  y canales donde se refugian el robalo, la barracuda,  el pargo, el jurel  y por supuesto el escurridizo sábalo que merodea esta especie de guardería a todo lo largo de la costa.

La salida.

Llegamos al muelle y todo estaba dispuesto en una mañana de mar terso, un sol que prometía abrazarnos y un amanecer lleno de expectativas y sorpresas.

Ahí nos esperaba Raúl Castañeda, dueño de “Tarpon Town” con sus guías. Hombres dedicados desde siempre al mar, que son  el complemento más importante del proyecto -según el propio Raúl, quien les ha instruido  sobre el respeto a los recursos naturales, la pesca con mosca y  el trato afable con el cliente. Amén de la gentileza y la amabilidad que siempre ha caracterizado al campechano, es notable la diferencia cuando se convive con este grupo y ello ha hecho que hoy por hoy sea el staff más competente y profesional de esta labor en su tierra.

Gente muy cordial, que dejan ver una limpia relación de respeto y consideración al amigo que los tiene colaborando año tras año y con el que forman una envidiable familia.

Nos esperaban dos lanchas de 23 pies muy prácticas y amplias, con todo lo necesario: cañas de spinning y de fly, que es el fuerte de este tipo de pesca, y una hielera prácticamente con todo, para poder fotografiar lo mejor posible desde una, mientras se pescaba en la otra, aunque ello no impidió que en ambas se pescara y desde ambas se fotografiara, pues Raúl además, es un amante de la buena imagen y esta vez tampoco sus cámaras se quedaban en tierra.

La zona de pesca.

La primera zona a visitar estaba rumbo al norte de la ciudad, recorrido que hicimos en poco más de media hora y en las cercanías de la  Isla de Jaina. Islote de apenas 1 km de largo que cuenta con dos sitios arqueológicos de origen maya. Esta isla es bañada por el río Sacpool  (que significa en lengua maya: cabeza blanca) y  la entrada a la bocana fue el primer punto ofrecido por Raúl.

Con los motores apagados, Raúl y Manuel oteaban sigilosamente las tranquilas aguas desde el comienzo del canal,  buscando dónde estaba comiendo el sábalo, que para nuestra sorpresa (y nuestra poca práctica) comenzamos a identificar, sólo cuando tuvimos la ayuda de los expertos. Es increíble lo que hace la práctica, divisan los comederos a veces a cientos de metros de distancias y lo mejor, diferencian enseguida si es sábalo, agujones, lisas, robalos u otra especie sólo por el movimiento del agua. Más sorprendente era como predecían hacia qué dirección se desplazarían, para cortarles el camino. Lo demás era ir hacia ellos o esperarlos si venían en dirección nuestra.

En cuestión de segundos, la caña de Raúl empezaba a surcar el aire con su primera mosca, los guías le iban apoyando en voz baja: “hay 2 a las 3” , “tienes uno llegando por las 12”  “vírate a las 11” y la mosca caía una y otra vez siguiendo la dirección de las agujas del reloj. No había hecho ni el sexto lance y se vió el primer ataque fortísimo, no era un animal muy grande pero la pelea fué muy fuerte.. ¡que maravilla! sobre todo la posibilidad de poder seguirlos con la cámara, pero no dejo de admitir, que muchas veces me quedaba mirando la batalla de la experiencia contra la sobrevivencia. Peleó con fuerza los primeros minutos, la línea iba y venía, se hundía y afloraba para ser recogida de inmediato, mientras Raúl seguía maniobrando de un lado a otro, hasta que el pez se desplazó hacia el frente de manera brusca al mismo tiempo que anunciaba el “Chino”: va a saltar ahora… y saltó… Con una voltereta de casi 180 grados desplegando destellos en el aire, se pudo liberar de la mosca para retirarse victorioso al fondo.

En sólo minutos y movidos hacia afuera por la corriente, vino el siguiente enganche de mayor tamaño y que de igual manera pendía del cordel con mayor fuerza. Saltó más que el anterior, quizás por haber más profundidad, pero esta vez la experiencia le ganó al instinto y al poco tiempo ya estaba posando para la primera captura de la mañana.

Nos movíamos constantemente entrando y saliendo del canal. Aparecían los sábalos por varios flancos, detrás de pequeños bancos de sardinas. De nuevo Raúl lograba otro enganche, más saltos, más fotos, y la liberación de inmediato. Finalmente nos adentramos al canal que al final dejaba ver un buen ajetreo, mientras Manuel, director de la revista, estaba lanzando con spining y un grub blanco que le había proporcionado “Camarón”, el guía de la lancha donde iba con Raúl. Tuvo dos enganches muy fuertes que lograron zafarse a los varios minutos de pelea, notándose el disfrute al máximo y buscando dónde volver a lanzar.

El “Chino”,  el guía que me acompañaba no dejaba de hacerme certeros comentarios de lo que sucedía a cada momento. -Allí van  dos o tres no?  (le comentaba  yo)  - “Cuando veas que aboyan tres, es que debajo vienen nadando al menos cuatro o cinco por cada uno que se ve arriba” me respondía sin quitar la vista del espejo de agua. Llegamos casi al fondo del canal donde Raúl trataba de lanzar pegado a la orilla, enganchó uno  en la misma raíz del mangle con un tiro muy certero. Al momento de agarrarlo coleteó fortísimo y de una vuelta completa se zafó de sus manos; afortunadamente, gracias a que sostenía fuertemente aún el líder, pudo capturarlo al cabo de otros forcejeos para posibilitar otra foto.

Fotógrafo fotografiado.

Estábamos bloqueando toda la salida del cardumen con el riesgo de que bajaran y salieran por debajo de nosotros por lo que el “Chino” y “Camarón” revisaban constantemente el fondo. Me tendieron una vara de spinning con línea de 10 libras y un grub blanco con un jighead de 1/4 de oz.

–“Déle Rolando, ahí están... mírelos” efectivamente a poco menos de 30 metros estaban “coleteando” algunos de buen tamaño. En el segundo lance tuve un buen ataque, logré que saltara dos veces y en el tercero se libró del anzuelo… y de nuevo el grub al agua... -¡Déle déle! no les dé tiempo me decía el “Chino”  -“Ahí van, ahí van.. ya vieron “la gomita..” ¡ya la vieron!… no lo frene.. sígale, sígale… y  ¡¡plaaaaffff!  Un salto enorme con una buena corrida me anunciaba que estaba “pega’o” ¿Vió? -Recuerde que cada vez que salte, corre hacia los lados por no haber profundidad, comentaba  de nuevo el guía tratando de que entendiera lo que sucedía.

Mi mayor sorpresa fue que Raúl había dejado su caña a un lado y cámara en mano fotografiaba mi captura, logrando una envidiable –literalmente- envidiable fotografía con mi sábalo teniendo la gentileza además, de esperar que lo subiera para fijar el testimonio, buen detalle que agradeceré siempre.

Empezaba a entender de qué se trataba. Habíamos ido a verlos pescar y estábamos pescando, fuimos a fotografiar y nos estaban fotografiando. Entendí que todo apuntalaba una filosofía muy profesional de servicio para hacer que uno se sintiera en el mejor ambiente, apenas Raúl guardaba la cámara, compartía de nuevo con Manuel sus consejos volcando sus experiencias para lograr el enganche del sábalo.

Es evidente que saben de qué se trata y lo mejor es que lo hacen muy bien, porque no hay duda que cuando los egos están donde deben estar y no existen pretensiones ni falsas posturas, el orgullo enmudece ante la modestia.

Ya pegaba fuerte el sol a esas horas, hacía hambre y el cansancio empezaba a aflorar, a pesar de que las emociones le impedían asomarse. Habíamos pasado una excelente mañana de capturas y aprendizaje con estos nuevos amigos que no cesaban de comentar sus aventuras durante estos años.

La hora del descanso.

“Busquemos una sombrita para el lunch…” -instruyó Raúl... espacio que encontramos en un recodo del mangle para cobijar ambas lanchas a la sombra,  donde comimos y platicamos de la historia del proyecto.

Supimos que Tarpon Town surgió de la inquietud de su dueño, amante siempre de los deportes “outdoor” y que su señor padre (q.e.p.d.) lo guió desde pequeño hacia los trajines de la pesca de orilla con cordel. Raúl creció siempre ligado al mar. Ingeniero en sistemas y con puestos en varias empresas, creyó desde muy joven en hacer de la pesca y  el turismo una posibilidad de negocio propio. Después de ver cerrarse algunas puertas a las que pidió apoyo, decidió con su esposa apostarle al proyecto en el que confiaba su futuro desarrollo como empresario,  y decidieron arriesgar sus ahorros en ello.

Fueron meses de estudio, consultas, gastos e investigaciones, noches y noches buscando información confiable, saliendo a buscar las zonas de estancia del sábalo, probando en diferentes épocas, buscando marcas y experiencias de capturas una y otra vez, sin ganancias,  por lo que el poco capital les obligaba a cuidarse de los errores posibles.

Viajó a ferias, contactó agencias de viajes.  Editores de revistas en el exterior sirvieron de enlaces para hacer contactos y  a pesar de todos los contratiempos y decepciones, emprendió el proyecto que en pocos años hizo que el mundo pusiera los ojos en Campeche como la capital del sábalo que es hoy,  y donde el profesionalismo y la calidad de los servicios de  Tarpon Town fueron el detonante para ello.

Esta empresa además, ofrece  excursiones a sitios de interés, paseos en kayak, opciones de campismo al aire libre, pesca deportiva y recreativa entre otras actividades, teniendo como premisa siempre una atención personalizada y el respeto por el medio ambiente y los recursos naturales. Hoy por hoy gozan de muy buen prestigio y sus servicios han sido reconocidos en publicaciones especializadas como Saltwater Fly Fishing de E.E.U.U. y  reseñados por importantes pescadores y fotógrafos como Brian O’keef (récord de sábalo de 188 lbs en África) y  personalidades de la pesca, por lo que es entendible que más del 35% de sus clientes se mantengan año tras año reservando sus fechas para compartir el encuentro con esta empresa orgullo de Campeche.

Río adentro.

Si desde la costa el manglar es un espectáculo sin par, adentrarse por los canales era el deleite de la tarde. Los sonidos quebraban el silencio de las aguas que nos arrastraban a un enjambre de túneles estrechos con una vida muy singular y ajena, donde un techo de follaje parecía conducirnos hacía  el centro de la tierra. Los mangles se afincan a sus aguas para entretejer sus piernas en un mundo aislado de la contaminación y  dar cobijo a cientos de seres que pueblan los humedales, donde también habita el mítico sábalo. La pesca de fly era casi imposible por la poca altura y el ancho de los canales. Avanzamos muy lento apalancando sobre troncos hundidos, raíces ocultas y pequeñas gargantas de agua cristalina que los guías flanqueaban con mucha destreza. Se trataba a cada paso y en silencio de ubicar al “rey” en una de las habitaciones de su reino.

Varios asaltos de sábalos aislados alegraron más la tarde, sobre todo a Manuel que de nuevo tuvo varios ataques y combates muy “adrenalíticos”, y al igual que Raúl, lograba engancharlos pero no había manera que se garantizara una captura en espacios de apenas 2 metros de agua limpia y el resto de raíces y troncos a flor de agua. Los cortes seguidos de línea y los enredos con los mangles parecían cobrarnos el irrumpir la calma y el silencio de la zona y se decidió el regreso.

Al salir, el agua bajaba sin detenerse, el peligro de quedar varado hasta la próxima creciente hizo apurar el retorno pero no por ello dejamos de disfrutar. Ya era tarde, los últimos sábalos pasaban a ambos lados de la embarcación saliendo para aguas más profundas, oportunidad por la cual Raúl y el “Chino” lograron un buen doblete para justificar la retirada.

Llegamos a la marina a punto de la llovizna.  Las experiencias y las enseñanzas se disputaban el espacio con las atenciones en una excelente jornada llena de lecciones en un escenario envidiable.

Entendimos por qué tantos pescadores de México y el mundo han testimoniado sus hazañas con “Tarpon Town” posicionando sus aguas como uno de los mejores destinos para la pesca de sábalo en el mundo. Disfrutamos de un extraordinario entorno donde se garantizan capturas  todo el año y disfrutamos sobre todo, del placer y la responsabilidad con que asumen cada salida, logrando mantener alejada cualquier relación comercial para hacernos sentir, que estuvimos pescando en todo momento entre amigos de muchos años.                        


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