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Las puertas del cielo
Por: Rolando C√≥rdoba

En menos tiempo de lo previsto estábamos recorriendo primero, una carretera hasta la vía principal de Tulum y de ahí bordeamos casi 50 kms de costa con aguas de un azul único; escenario desafiante e inhóspito, que se dejaba acarrear después del puente de Boca Paila por un estrecho camino de terracería hasta el pintoresco pueblo de Punta Allen: pequeña villa de pescadores con alrededor de 600 habitantes que viven del mar, el turismo ecológico y de aventura.

Punta Allen forma parte de una de las áreas protegidas de las mayores del mundo, La Reserva de la Biosfera de Sian Ka’an en el Estado de Quintana Roo y es lo que se conoce hoy como el extremo sur de la Riviera Maya. Su geografía suma más de 530,000 hectáreas protegidas tanto en mar como en tierra, siendo declarada por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad en 1987. Sus arrecifes son superados solo por los arrecifes de la costa oeste de Australia y hoy por hoy constituye el destino natural más importante y conservado de la costa este de México.

Toda el área de esta importante reserva posee una diversidad de flora y fauna que sus pobladores se empeñan en cuidar para compartir con el turista que llega buscando el contacto directo con la naturaleza, el relax y el mar y donde los más importantes flycasters de EEUU, Canadá y sobre todo de Europa, han dejado su testimonio para que Punta Allen sea reconocido hoy por hoy, como el mejor destino para la pesca con mosca del mundo. Sus casas de madera rústica con techos a dos aguas comienzan a intercambiar su fisionomía con algunas nuevas construcciones que insisten en colores y motivos caribeños, acentuando su topografía con la magia de lo primitivo y la ingenuidad nativa, para disfrutar al final de un pintoresco escenario que se presenta aún virgen, desbordando sus encantos con gente alegre. 

El campamento

Sorprende que un campamento de pesca que por lo general se ubica en apartados rincones, se localiza como parte del entorno típico de un pueblo de pescadores.

Punta Allen Fishing Club se mimetiza  de manera sorprendente con su entorno, integrándose al paisaje de un estrecho callejón al final del pueblo y desde donde apenas doscientos metros al este, se puede caminar para descubrir una playa de arenas blancas y grandes palmeras que atrapa al visitante y lo privilegia, con tanta belleza natural.

Llegar al campamento es llegar a una construcción impecable de arquitectura funcional y limpia, de soluciones sencillas y con la calidez necesaria para sentirse en casa. Una gran palapa de guano cobija una terraza en U que se rinde ante la brisa del norte, un verdadero oasis para las temperaturas habituales del lugar y disfrutar de un café y una buena plática. La cordialidad  nos abrazaba como ese olor característico que llegaba por la cercanía a la orilla. Resulta fácil entender el por qué las preferencias por el lugar. No hay lujos, tampoco falta el confort necesario y sorprende, que en tan poco se ofrezca tanto y ello solo es posible cuando se anticipa el calor humano al brillo que intenta seducir... en este lugar las apariencias no engañan.

Cinco cómodas habitaciones  con baño, agua fría y caliente  están dispuestas en la planta baja haciendo evidente que el campamento fue diseñado por pescadores para pescadores.

El lodge asume el espacio necesario con todo a la mano para girar sobre un pequeño patio central a modo de entrada principal y como la antigua planeación de una plaza colonial, se convierte en el punto de partida para el resto del área.

A un costado una escalera asciende a la palapa superior donde están dispuestas la cocina, el comedor y distintas áreas sociales donde puede leerse un buen libro en algunas de las hamacas típicas que cuelgan del rústico barandal de madera local. Recordaba con claridad las palabras de Pascale:“Es que disfruto mucho cuando los pescadores dicen, que están llegando a su casa en México”.  En resumen: un acopio de buen gusto y excelentes soluciones  –de seguro- compiladas por sus dueños Pascale y Tizziano,  al recorrer durante  años decenas de campamentos por más de treinta países en el mundo.

No siempre es suficiente ser nominado como Área Protegida. Hemos sido testigos de la depredación de algunas zonas a pesar de los cuidados que el Gobierno intenta imponer sin embargo, si algo queda claro al conversar con guías y pescadores de Punta Allen, es el respeto y el celo que tienen por los recursos que ya asumen como proyecto de vida, y lo mejor: lo orgullosos que están de ello. No es común poder  acercarse a las costas y realizar alguna captura furtiva sin que los mismos pobladores den la voz de alarma para que las autoridades arriben de inmediato y hasta los mismos guías, parecieran sindicalizados a favor del mar: su tesoro mayor.

Lo mejor de todo es que se nota en las opciones de pesca cuando lo mismo tienen capturas sorprendentes off shore en las modalidades de jigging, troleo y pesca a fondo, que casteando desde la orilla, sin hablar de las diversas capturas de especies en aguas de la bahía que después de disfrutar lo vivido en la tarde, resultaba como referirse a la arena cuando del desierto se trata y me atrevo a asegurar que es uno de los privilegios que diferencía este campamento de pesca de otros similares que se ofrecen para la pesca con mosca. Sobran las opciones en estas aguas cuando lo mismo se pesca de orilla con equipo ligero o medio, o se buscan especies mayores con cañas largas en las olas en un ambiente seguro, tranquilo y con pesca abundante.

Acá se regocija la pesca todo el año. Desde la  extrema en aguas azules sin alejarse mucho de la costa, hasta disfrutar: más que caminar, kilómetros y kilómetros de una bahía que privilegia estas aguas llenas de encanto y donde cualquier  pescador se sentiría verdaderamente en los cielos y ello lleva a entender porque Sian- Ka’an en lengua maya se traduce como “puerta al cielo”.

La Salida

El tiempo era corto pero suficiente para antes de terminar el día, recorrer las aguas y probar la pesca a mar abierto y en los famosos flats que distinguen la zona. El mar en estas fechas no se comporta con la bonanza extrema que caracteriza el resto del año, pero el resguardo que provee el arrecife que amuralla a poco más de trescientos metros la costa, hace que las marejadas apenas se hagan notar cerca de la orilla. En el muelle nos esperaba una lancha equipada con todo.

Cualquiera se sorprende cuando el guía buscando carnada para el viaje, desde la misma orilla y de un solo lance captura 12 lisetas de entre 15 y 25 cms. de largo… 

Salimos dos embarcaciones, una de mayor calado que se alejaría un poco y otra pequeña para después transbordar y llegar a los flats. La idea era salir troleando los 3 kms que separan el muelle hasta la bocana. No queríamos jiggear para no detenernos con esta práctica y llegar con tiempo suficiente para disfrutar de las aguas internas de la bahía. La pesca de jigging además del troleo, se han venido imponiendo también en Punta Allen por lo factible que resulta esta práctica muy cerca de la orilla y por la abundancia de pesca en estas aguas.

Desde que la embarcación se adentra al mar se puede disfrutar la una exuberancia marina que en verdad regocija mucho. No habían pasado ni diez  minutos y varios delfines aparecían de uno y otro lado de la lancha, después de ver varias escuelas de jureles y cojinudas  blanqueando el espejo de agua con sus destellos; con razón Punta Allen…

La primera liseta llevaba pocos minutos en el agua cuando un Penn senator rojo rompió con su canto el letargo del viaje…  Pascale accedió sin titubeos a agarrar la vara en lo que le acomodaban el cinturón y alistaba mis cámaras, para después de una hermosa pelea subir un buen... ¿coronado? Pues sí, un hermosísimo ejemplar era subido a bordo y posaba junto a la sonrisa de Pascale y nosotros: sorprendidos de tamaña captura en aguas relativamente bajas. Mejor aún es que casi al momento de lanzar la segunda liseta y avanzar por unos minutos, un tirón fortísimo hacía encorvar la postura de Pascale doblegándola de manera brusca en lo que el carrete llenaba con sus acordes el espacio ¿de nuevo? Pos síííííí!!!!  Y de nuevo el coro de risas… una barracuda de algo más de 15 kilos rompía la superficie del mar de un salto como a unos 30 metros, para la que ninguna cámara estuvo lista ¡wuao!  ¿y no que no es buena temporada aún?  -comenté sarcásticamente… -Aquí no hay temporada mala Rolando, no la hay!  logré escuchar entre la complicidad de un secreto a voces y el motivo para que la alegría vistiera de risas la tarde pero... las sorpresas nunca llegan solas.

Al acercarse la lancha pequeña donde viajaba Manuel, traían otra barracuda grande, similar a la nuestra, que se había lanzado contra un Robert Lure azul plata que castearon al pasar por unos bajos, más, las imágenes de un buen jurel liberado y el comentarios de dos cortes de línea con la pérdida de 2 Max Rap de Rapala, en dos encuentros más con las dientonas.

“Esto es pescar y quien lo probó lo sabe” – hubiera exclamado Lope de Vega  de haber conocido Punta Allen. ¡Que tardecita! -pensaba para mis adentros, porque para lograr algo así en otros entornos, se necesitaban muchos, pero muchos más que los 25 minutos que llevábamos en el agua y seguro, más que los tres kilómetros que separan el muelle de la entrada a la bocana… ¡con razón Punta Allen!

Disfrutamos el lunch en un pequeño recodo a la sombra donde que aproveché para conversar con Pascale, entre deliciosos sandwiches de tocino, jamón, verduras y un sin fín de botanas, mientras no muy lejos trataban de fotografiar un buen sábalo, capturado desde la otra lancha.

La tarde parpadeaba entre un fuerte sol y algunos nublados por momentos. Ráfagas de viento proveniente del sureste movían el agua por zonas pero el espectáculo era impresionante. No se concibe una extensión de más de 25-30 kms cuadrados y más, de aguas bajas; llenas de entradas, canales, que debido a las pequeñas islas que hacen serpentear la lancha se van ampliando  según la zona. Llegó un momento que la vaciante no nos dejó continuar y dejamos la lancha para seguir en pequeños grupos caminando con el agua por debajo de la rodilla: Manuel con Pascale y Juan tomaron rumbo norte y Tizziano, un guía y yo tomamos más al oeste.  Alguna que otra levisa salía del fondo, delante de nosotros asustada por el encuentro. Mientras el guía atento en todo momento me iba indicando  donde pararme “siempre detrás y a la izquierda”- me instruía, para garantizarle a Tizziano el espacio del lance.“¿Ves esas marcas Rolando -continuaba, como de huellas triangulares en el lodo?... son las huellas que deja el macabí… las ves?,  eso nos decía que esta especie come sobre esta zona. Tizziano iba varios metros delante de nosotros en silencio, marcando el rumbo. “Cuando el macabí entra –proseguía el guía, clava la cabeza en el lodo (por eso el triángulo)  a veces “soplando” para quitar la arena y poder ver los pequeños cangrejos que busca…”.

A más de 100 metros lograba distinguir al segundo grupo, donde más de una vez vi una caña doblada y creo que el lector entenderá si confieso, que entre el escenario que tenía delante, las sorpresas y lo que estaba aprendiendo: llegué a sentirme el dueño de todas las riquezas del mundo.

El guía se adelantó en silencio señalándole a Tizziano hacia un extremo. A duras pena mi incapacidad para “leer” el agua me dejaba ver unas pequeñas colas agitarse  -¿palometa… será? en lo que Tizziano comenzaba a castear esta vez en una zona mucho más profunda. De momento se sintió el estruendo en el agua de lo que yo supuse la reacción del pez por el enganche, para disfrutar como Tizziano iba acortando la distancia que lo separaba de la otra punta de la línea: caña en alto tratando de recobrar lo posible. No pude llegar hasta allí por precaución por las cámaras pero aún de lejos pude registrar el momento en que él mismo, con mucha delicadeza minutos después, devolvía al agua una de las especies insignias de esta bahía.

En cuanto el guía regresaba continuaba aprendiendo con sus comentarios. Mientras más me explicaba, lograba entender que este tipo de modalidad es mucho más que una buena inversión y algunas mañas, no por gusto es una especialidad muy popular, porque definitivamente requiere de buena preparación. Al rato me comentaba el guía de lo asustadizo de este animal, sus costumbres, cómo ubicarlo, lo sensible que se comporta apenas siente una presencia extraña. Cómo sostenerlo y cómo a veces sale la cola del agua, -completa– cuando se inclina tratando de agarrar algún cangrejo del fondo y que definitivamente sin conocer de ello se hace muy difícil la pesca.

Se lograron enganches con agujones no muy grandes que atacaban una y otra vez las moscas, también dos barracudas de mediano tamaño se capturaban cuando nos desplazamos hasta un recodo más abierto; y en lo que Tizziano acechaba a pocos metros una escuela de macabíes -aún sin lanzar- pudimos ver cómo el inquieto cardúmen era atacado  en dirección a nosotros por una imponente barracuda, sacándonos de concentración a todos... ¡cuánta adrenalina y experiencias nuevas en una tarde!.

De regreso me comentaba Manuel que intentando con unos camaroncitos plásticos y la caña de spinning había logrado también sus primeros macabíes, además de las capturas con fly de Pascale y Juan en varios puntos;  pero desgraciadamente el día ya no daba para más y debíamos llegar a Mérida aunque fuera en la madrugada.

Las manecillas del sol marcaban la salida, en el reloj de un cielo limpio y claro que teñía la tarde de naranjas. Estábamos esperando al otro grupo para seguir y llegar hasta la lancha, cuando una sombra grande se nos acercaba con mucha lentitud como si no existiéramos ¿o sí?. 

A pocos pasos de donde estábamos llenos por la curiosidad, vimos cómo cambiaba el rumbo un precioso manatí que de un coletazo suave y firme, desaparecía debajo de un reflejo de agua llevando en su boca lo que parecía algún bocado de pasto muy verde y entre la sorpresa y el cansancio, me preguntaba ¿qué más podíamos esperar? en este paraíso que los mayas bautizaron con mucha razón como la puerta del cielo.

Regresamos al lodge finalizando la tarde para disfrutar de un baño y degustar una plática amena que se sumaba a lo que llamaría con justa razón: una paella de reyes, acompañando las exquisitas colas de langosta. Unas copas de buen vino, del que según la propia Pascale “no debe faltar nunca en la mesa” se disfrutaban en la palapa como colofón de una estancia muy difícil de olvidar, llena de experiencias nuevas y sobre todo: nuevos amigos.

Nos esperaban más de trescientos kilómetros de regreso en la noche de un día como pocos, que no supimos como agradecer en verdad, después de tanto y tanto.

Un buen café ponía fin a la improvisada visita que no pudo resultar mejor. El regreso estuvo marcado por una costa envidiable que con solo algunos tonos de color invadidos por la noche, dejaban ver un mar plato de arenas blancas, que serpenteaba a nuestra derecha y que nos despedía con la misma nostalgia del sol a la tarde.

Saliendo aún y ya queríamos regresar, como vamos a hacer en mayo próximo.

Con razón Punta Allen, Pascale y Tizziano... ¡con razón!


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