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Expedición a Punta Mita
Por: Rafael Arévalo

El viaje a Punta Mita

A veces el tiempo pasa demasiado lento, ya casi va a ser un año de nuestra última visita a Punta Mita, cuando estuvimos acompañando a nuestros amigos Pipín Ferreras y Diego Santiago. 

Los meses pasaban y no veíamos llegar la fecha tan anhelada hasta que un buen día sin aviso alguno, se armó una nueva salida con el equipo de siempre.

Tomamos el primer vuelo hacia el D.F. donde Luis y Mariana nos esperaban a la salida del aeropuerto. Al encontrarnos la alegría fue general, los abrazos marcaban el inicio de una nueva gran aventura. Subimos el equipo a la camioneta, arpones y varillas en el techo, todo lo demás en el maletero y arrancamos rumbo a Puerto Vallarta, en esta ocasión decidimos ir por carretera ya que estábamos cargando equipo de más, pues deseábamos hacer algunas pruebas con el nuevo  fusil  AREVALO 65”/72”  BWH (Blue Water Hunter)  recién salido del horno con las últimas modificaciones con relación al modelo anterior. Probaríamos también algunas aletas, máscaras y “flashers” (llamadores) por lo que andábamos pasaditos de peso.

Después de algunas horas llegamos a Guadalajara a una “poza”, donde Luisito tiene marcadas unas deliciosas tortas apneístas   (ahogadas) en una suculenta salsa de tomate. Después de darle gusto al paladar continuamos rumbo a Puerto Vallarta y el viaje transcurrió sin novedad. Alrededor de las 8pm pasamos el puerto ya para dirigirnos al fin a Punta Mita que se encuentra unos  45 kilómetros al noroeste de Vallarta.

En Punta Mita ya nos esperaba nuestro gran amigo Sebastián Melani (de Punta Mita Expeditions) y su hermosa familia, quien amablemente nos recibió a esa hora y ya saben, entre la emoción de lo que nos esperaba el día siguiente y los chismes y cuentos de pescadores que se acostumbran para estas ocasiones, nos dieron quién sabe que hora antes de ir a dormir pero no importaba, pues es parte del placer de estas aventuras.

El día de las “vaconas”

Muy temprano al día siguiente  nos dividimos el trabajo, Luis y Sebastián fueron por combustible y algunas otras cosas, mientras Rommel y su servidor descargamos y organizamos los equipos que se encontraban en la camioneta para después ir por el hielo. Poco después nos reunimos para subir las cosas al barco y ya nuestro   conocido y experimentado amigo “Popa” nos esperaba para realizar las maniobras de descarga.

Con todo el equipo arriba Sebastián le dió algunas instrucciones a Popa y enfilamos hacia un lugar conocido como el banco de las Marías, que se encuentra a unas 25-30 millas de Punta Mita, el objetivo: los magníficos atunes aleta amarilla.

Las condiciones eran extraordinarias en un día verdaderamente hermoso, el mar un plato y el cielo completamente despejado.  Es impresionante como en medio de la nada con esa calma, se alcanzan a percibir algunos aromas característicos del mar: como el aceite que dejan los jureles cuando regurgitan su comida para “engodar” a los peces pequeños y así poder atacar de nuevo, o el olor a yodo que proviene  de los excrementos de las gaviotas y aves marinas acumulado en alguna roca que surge como custodio de la inmensidad del mar.

Durante el camino fuimos observando si nos topábamos con algún tronco o rama pues en esta época los ríos arrastran hacia el mar ramas, troncos y basura de todo tipo que es llevada por las corrientes marinas y después de estar algún tiempo a la deriva crean debajo un pequeño ecosistema lleno de pequeña vida, microorganismos y pequeños peces que viven pegados o a su alrededor, por lo que no es extraño encontrar eventualmente algunos dorados de buen tamaño que se alimentan de estos peces o diera también la impresión de que utilizan estas ramas o troncos como para sombrear y esconderse de algún depredador.

Después de más de una hora de navegación llegamos a la zona, Sebastián preparó una boya de marcaje con su cuerda para arrojarla en un punto estratégico y muy exacto pues la profundidad de los alrededores y la corriente difícilmente permitirían marcar en otro lado, la boya nos serviría como referencia para hacer pasadas con la corriente sin alejarnos demasiado de la zona.

Sebastián nos comentó muy animado que días antes había detectado en esta zona a nuestro principal objetivo, las famosas  “vaconas”  como se les llama a los atunes aleta amarilla que alcanzan un tamaño y peso considerable (arriba de los 30 ó 40 kilos) y en el mundo de la pesca submarina se les considera una de las presas más difíciles  y emocionantes de capturar, además de ser apreciadísimas por su deliciosa carne.

La corriente era ligeramente fuerte pero la visibilidad magnífica.  Luis y Sebastián fueron los primeros en meterse al agua, Rommel y yo tardamos un poquito más pues estábamos revisando los últimos detalles del fusil que probaríamos en este viaje. Una vez detallado el juguete nos metimos al agua. En la primera pasada Luis y Sebastián alcanzan a ver algunas vaconas muy grandes pero fue un avistamiento muy rápido y sin oportunidad. Yo alcanzo a ver una hermosa cubera como de unos 25 kgs pero decido no tirar, pues preferimos esperar las vaconas que hacen su aparición cuando menos lo esperas y en lo personal prefiero concentrarme en buscar y esperar mi objetivo, así tenga que dedicar todo el viaje. La paciencia es una cualidad que definitivamente se requiere para poder lograr presas extraordinarias. 

Después de un rato y de varias bajadas no se avistaron de nuevo las vaconas pero Sebastián encontró un buen Dorado y no dudó en disparar pues sería la cena de esa noche. Al pegarle atrajo la curiosidad  de otro dorado que  Luisito dió cuenta al acercarse.  Después de un rato de no ver nada más, decidimos salir del agua para descansar, pero antes, probamos un par de disparos hacia la nada con el nuevo arpón y el resultado nos pareció excelente hasta ese momento, pues para su poder, el retroceso no fue tan violento y la trayectoria de la flecha excelente.

El día seguía increíble pero con poca acción. Ya bien hidratados seguimos buscando nuestro objetivo pero sin éxito, todo estaba demasiado calmado. Topamos algunos jureles, pargos y bonitos pero de las vaconas  ni las sombras. Nos maginamos que era porque en esta época más o menos, los atunes comen un calamarcito que se encuentra cerca del fondo y no tienen necesidad de subir a la superficie, sin embargo, comenzamos  a ver algunos cardúmenes pequeños que subían por unos segundos pero en cuanto nos dirigíamos hacia ellos desaparecían, hasta que por fin divisamos un grupo de vaconas que rompía la quietud del espejo de agua que en ese momento parecía un cristal.

Apenas y se podían ver sus aletitas saliendo a la superficie como si lo hicieran a propósito sin llamar mucho la atención, entonces cambiamos la estrategia y decidimos acercarnos no más de 200 metros y observando hacia donde se desplazarían y calculando la velocidad de nuestro nado con todo el equipo, nos dispusimos a converger en la trayectoria; en el primer intento nadamos y nadamos rápidamente, cuando llegamos al sitio los atunes se sumergieron inmediatamente y nosotros junto con ellos pero no podíamos bajar más de 15 ó 20 metros pues veníamos agitados por el esfuerzo, sin embargo Sebastián, demostrándonos una vez más su destreza, alcanzó a tirarle a una buena vacona y ¡zaz, le pegó!, pero desafortunadamente su línea se enredo con la del equipo de Luis y la vacona se zafó, pues son extremadamente fuertes, por eso, es difícil lograr un buen espécimen de vacona. La calibración del equipo en cuanto a las boyas, el grosor y el largo del bungie, el grosor y el largo de la línea de acero de disparo y la certeza del tiro son sólo algunos factores que influyen en el éxito de una captura excepcional, pero cuando el infortunio se atraviesa como en este caso, aún una persona tan experimentada como Sebastián puede perder la presa.

Subimos a la lancha un poco tristes e incluso enojados pero esto es así, nos alistamos de nuevo y nos pusimos a observar el horizonte… de repente levantándonos el ánimo grita Popa;  !ahí están!  Hacemos de nuevo el cálculo y repetimos la estrategia, esta vez nos adelantamos más, deseando que el cardumen no cambiase el rumbo y afortunadamente así fue, llegamos más calmados con mejor respiración y los atunes empezaron a descender pero más lento que la vez anterior, casi al mismo tiempo nos sumer gimos Luis, Rommel y su servidor, tomamos distancia entre nosotros como a unos 25 ó 30 metros, comencé a bajar  lentamente mientras los atunes hacían lo mismo, los primeros en pasar no eran muy grandes y decidí esperar aguantando la respiración y bajando junto con la mancha mientras iban pasando poco a poco… 10 metros, 12 metros, 15 metros y como entre 17 y 20 metros alcanzo a ver mi objetivo, un gran ejemplar que parecía nadar “despacio”, pero la realidad es que aun nadando despacio estos animales se desplazan muy rápido... pasa debajo y de lado, calculo uno, dos, tres metros de adelanto a unos 4 ó 5 de distancia para hacer converger el tiro con la presa y …¡crak! puedo escuchar cómo se rompe parte de la espina e inmediatamente a lo lejos otro ¡crak! el tiro de Luis.

Mi presa alcanza a jalar  unos 40 metros, es increíble la fuerza y la vitalidad de estos animales, y yo no cabía de felicidad, Luis hace lo suyo y también alcanza a pegarle a su vacona, después de pelear los animales nos subimos a la lancha para izar como podemos nuestra valiosa carga...¡sendos atunes  aleta amarilla!.

Hasta ese momento Rommel no había conseguido estrenar nuestro juguete, el AREVALO  65”/72” BWH  aun no cumplía su misión, los atunes que le pasaron a Rommel no eran muy grandes y no se animó a disparar. Subimos de nuevo a la lancha pero ya la noche se acercaba y nuestro capitán con la preocupación de la basura que flota en esta época, acertadamente tomó la decisión de intentarlo por última vez antes de retirarnos para no viajar en la obscuridad y así lo hicimos, nos preparamos de nuevo y una vez más los atunes decidieron acompañarnos por unos momentos en la superficie.

De nuevo al agua y a cortarles el paso, nadamos y  nadamos pero en esta ocasión se dispersaron en dos o tres grupos, los pequeños me pasaron muy por debajo, a Luis y a Sebastián les quedaron lejos pero Rommel tuvo mejor suerte, al fin se oyó el disparo del nuevo fusil, la esbelta figura de madera, el poder de sus 7 ligas, y la rápida y precisa trayectoria de su flecha de 72 pulgadas le permitió a Rommel hacer un tiro espectacular, tal vez de unos 8 a 9 metros pero casi en horizontal...y otro ¡¡crak!!...¡nuestra misión se completaba en ese momento!.

Subimos felices a la lancha para emprender el regreso. La tarde parecía un paisaje en acuarela, en delicados colores surrealistas.

Nosotros, exhaustos pero una vez más llenos de alegría y con recuerdos extraordinarios para guardar por siempre en la memoria. Las vaconas serían bien recibidas por la gente de la localidad que hace fiesta cada vez que Sebastián sale de expedición y trae buenos ejemplares que sirven de exquisito manjar para todos, incluidos nosotros por supuesto.

Ya reunidos en el comedor bien bañados y satisfechos por el resultado obtenido, no dejamos de comentar sobre Punta Mita, un lugar lleno de misticismo y belleza única en su tipo, logrado por la formación natural de piedra volcánica que se derramó en esa área de la gran Bahía de Banderas. Sin duda, un lugar mágico que obliga  a no perder de vista el camino de regreso. 


  HERRAMIENTAS






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