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Isla Arena: Isla de Encantos
Por: Rolando C√≥rboda

Desde meses atrás teníamos pendientes este viaje para Isla Arena  que pudimos concretar a pesar del mal tiempo el día 3 de noviembre. “Cabañas Carey” era nuestro destino, un pintoresco lugar al norte de la isla formado por 10 cómodas cabañas con todos los servicios, donde además de disfrutar de una excelente comida la pasamos muy bien.

Estas cabañas están apenas a metros del mar por lo que el visitante se privilegia en las tardes con los mejores atardeceres  y ese aroma que circunda hasta el más lejano de los sentidos, para darle a estas tierras ese toque medio salvaje y rústico, delicado y de mucha paz, que no por gusto se hace llamar: Isla de Encantos.

El viaje desde Mérida lleva a recorrer varios pueblitos de esos típicos de la península, donde no falta la iglesia al centro donde convergen varias calles y espacios para que cada vendedor ofrezca lo que mejor provee la zona. Despúes, kilómetros de carretera estrecha hasta donde se encuentra el ojo de agua “El Remate”; parada obligatoria antes de llegar a la isla. Este ojo de agua es un lugar abierto en el borde del camino,  rodeado de palmeras donde varios manantiales han formado una piscina natural;  ideal para que la familia disfrute bañándose o armando su barbacoa a la sombra de las palmas, hecho que se sucede casi todos los fines de semana cuando “El Remate” se convierte en el oasis de la zona, sobre todo en épocas de calor.

Saliendo del lugar se comienza a transitar la carretera que lleva al puente para cruzar a la isla. Esta carretera  -a mi gusto- es de los mejores recorridos que uno puede realizar para descubrir la fauna de la zona y sobre todo, dejar perder la vista en los kilómetros de humedales que viajan como custodios del viajero por todo el camino.

Espátulas rosadas, garzas blancas, pelícanos, familias completas de patos y los coloridos flamencos que disfrutan de una abundante comida y aguas de mucha salinidad van dejándose ver durante todo el viaje y que junto a las rías de Celestún se ha convertido en el escenario idóneo para su reproducción, por lo que se hace habitual disfrutar de su presencia a lo largo del camino.

Un puente que une la vía con la isla deja ver apenas se llega, un mar como espejo, muy característico del poniente de la península y que el puente sobrepasa por una inmensa bocana que da acceso a una especie de laguna, donde varios pescadores con sus alijos se la pasan recorriendo el área en busca de pulpos o cangrejos que se dejan ver en alguna de las orillas. Si nos fijamos podemos descubrir varias entradas de agua que deciden abrirse paso hacia tierra firme como pequeñas rías, hábitat ideal donde el pequeño sábalo y el robalo pueden buscar refugio o buena comida, como no debe faltar en esa zona de mangles.

Llegamos a las cabañas muy temprano. La temperatura más fría de lo normal y una neblina de las más tupida que había visto, -de esas que ningún fotógrafo dejaría pasar y que pude disfrutar desde muchos ángulos. El mar en una extrema vaciante se seguía retirando metro por metro. Estas mareas, los ribereños las aprovechan con sus alijos o caminando, para recorrer la zona en busca de pulpos  atascados de cuando se retira el agua y que por la poca profundidad de la orilla pueden recogerse de manera muy fácil y segura. Esta práctica que para alguien quizás resulte ajena, puede propiciar sin mucho esfuerzo en un rato varios kilos de muy buen pulpo, como es característico de estas aguas.

Isla Arena pertenece al municipio de Calkiní en Campeche. Es un pueblo de pescadores que vivía –y trata de seguir viviendo- de la pesca en general.  El pulpo, el pepino de mar, el cazón, el pámpano, la sierra, entre otros, fueron la base de su economía y donde especies como el sábalo de asumirse con una pesca responsable y orientada, pudiera sin duda, significar una mejora económica para el lugar. No son pocos los campamentos o lodges de pesca como Boca Paila, Punta Allen, Isla Blanca y prestadores de servicio de Holbox y del mismo Campeche que han logrado con guías entrenados, la información oportuna y toda la infraestructura necesaria, para hacer de esta diligencia un rubro a tener en cuenta para sustentar la economía de estas empresas, donde pescadores nacionales y del extranjero acuden a disfrutar deportivamente de la pesca de esta especie;  lo que si me queda claro, es que las aguas de esta isla,  con sus costas llenas de canales y rías que se adentran a zonas de petenes son el refugio ideal para el baby tarpon y el robalo donde se evidencia que entran (los vimos en los canales), a buscar gran parte de su alimento para después salir a aguas abiertas.

Al mediodía y con la brisa del final de la mañana disfrutamos de unos boquinetes y pargos fritos, de esos que nunca logramos que queden igual en el fogón de la casa: crujientes y deliciosos que  agasajaron el día. Nos preparamos para salir a las bocanas,  subimos una caña, algunos grubs y poppers para intentar en las salidas de aguas a pesar que se notaba un evidente cambio de tiempo que no nos preocupaba por la cercanía a la orilla; pero queríamos conocer la zona, sobre todo navegar alguno de los canales y si era posible evidenciar alguna captura.

Esta costa –que se mantiene casi idéntica en esta parte del Estado- se encuentra llena de pequeñas entradas donde el mar ha ido ganando terreno por distintos eventos como ciclones, fuertes corrientes, etc. que han ido inundando poco a poco la región de los petenes y ello aunque no lo parezca, evidencia modificaciones en las zonas que sufren por el cambio de salinidad que se impone en las aguas. Grandes zonas que antes se mantenían solo con agua dulce con su respectiva vegetación derivada por el flujo de manantiales y ojos de agua, ceden cada vez más terreno al mar, que llega imponiendo su voluntad con cambios que no siempre favorecen el área cambiando de manera irreversible el modo de vida en gran parte de estos suelos.

Rumbo a las bocanas.

Abordamos en la misma playa de Cabañas Carey y navegamos por ¿15, 20 minutos? que fue lo que nos demoramos para entrar a la primera bocana y como esperábamos, el espectáculo era un verdadero colirio.

Entramos bordeando unos islotes repletos de pelícanos, área donde merodea el sábalo si hay pichones, que muchas veces se caen al agua, donde apenas tienen tiempo para un par de aletazos hasta que son atrapados por el rey de plata. Ahí vimos varios sábalos dando vueltas, algunos de muy buen tamaño y como esperábamos: no quisieron con nada. No había duda que esperaban algún polluelo y nos retiramos en silencio buscando la entrada. 

Entrar al canal es ver cómo levantan el vuelo cientos de aves de solo acercarse la lancha. Buscábamos llegar a un pequeño islote para bajarnos, que se encuentra en el mismo centro, donde Manuel, una vez abajo, trataba de sonsacar una pareja de sábalos pequeños. Habíamos avistado sus aletas cuando al parecer estaban entrando y el cuarto lance dobló la caña. El pequeño baby tarpon dando algunos saltos se llevaba la línea de un lado a otro, hasta que lo acercamos y soltó el popper apenas a dos metros de la lancha. Aunque poco, al menos estábamos com placidos y el tiempo apremiaba, evitando la vaciante que si nos demorábamos en los canales, pudiera dejarnos varados. Pero es evidente, que si en estos días de cambios tan bruscos de mareas pudimos a la primera lograr algo de capturas, me queda claro por qué en las fechas adecuadas tantos pescadores llegan a pelear los sábalos y robalos en estas aguas. Incluso entrando a los canales divisamos varios robalos algunos pasados los 3-4 kgs que se adentraban hacia los petenes, solos y que por lo tupido de la vegetación solo nos conformábamos con verlos pasar.

Recorrimos varios de estos túneles naturales que bien valen la pena disfrutar en kayaks o pequeños botes de remos, donde muchas veces tuvimos que pegarnos al piso de la lancha para evitar las ramas. El sonido de los monos, los patos buceando a nuestro lado y cientos de aves que pasaban de un lado a otro, conformaban un espectáculo que –insisto- valdría mucho la pena recorrer sin el ruido del motor sorteando troncos y ramales hundidos para disfrutar como navegaban los mayas en sus travesías por estas aguas, del sonido del silencio.

Apenas la tarde levantaba, bajaba el agua de manera vertiginosa, lo que  impuso regresar. De nuevo habíamos sido testigos de un recorrido que nada envidia a los rincones exóticos del mundo, donde nuestras aguas nos premian aún con escenarios que por desconocimiento a veces, dejamos pasar para conten tarnos con ofertas donde se adorna la huella del hombre en nombre de la preservación del medio ambiente, cuando a menos de un par de horas de dos capitales de Estado podemos disfrutar  de inigualables escenarios sin ningún maquillaje.

Regresamos con una bajamar que ya dejaba ver el fondo en varios puntos, regocijados de tanta naturaleza que igual disfrutamos bordeando la costa de regreso donde el atardecer sin duda formaba parte de la oferta sumando toda la magia posible, en lo que nos despedíamos con unos filetes de corvina empanizados... ¡verdaderos manjares de Dioses!.

Antes de marcharnos, fuimos a visitar el nuevo museo construído por el gobierno en homenaje a uno de los hijos ilustres de nuestro país: Don Pedro Infante, que como ya se ha escrito, conoció estos parajes quedando prendado de tanto encanto y que un accidente con su avión truncó los planes con  la isla.

A la entrada del canal que divide la isla de tierra firme, donde estuvo siempre el  faro custodiado por unas instalaciones de la marina se construyó éste museo en honor al “El Ídolo de Guamúchil”. Museo al que insistimos en entrar a fotografiarlo para promocionar el lugar, pero nos prohibieron el acceso hasta que el gobierno no inaugurara oficialmente la obra. Sólo a traves de los cristales pudimos observar varios de los carteles originales de sus películas, herramientas, algunos textos que no alcanzamos a leer, ropas y al parecer una de las guitarras que usaba cuando antes de despegar, compartía con su selecto público, lo que para Don Pedro -seguro- fue el mayor encanto de esta tierra.

La tarde se arrastraba hasta las puertas de la noche cuando disponíamos el regreso, dejándonos seducir por un atardecer donde el mar calmo y el canto de las aves se disputaban los últimos vestigios de luz. Fue a la salida, sobre el puente, que nos volvimos para sorprendernos con una última imagen de Isla Arena y disfrutar cómo la estatua de uno de los hijos más queridos de México se recortaba contra un cielo azul oscuro, de la misma forma que llegó: sombrero en mano y saludando, como parte del paisaje de esta tierra... de la que nunca se salió.

Quizás preguntar por Don José del Carmen Rodríguez en Isla Arena resulte una pregunta ajena para los más jóvenes, pero para los más antiguos, todos saben  que se trata  de “El Chicote”, uno de los buenos amigos que tuvo Pedro Infante en estas tierras.

Cuando encontramos la casa de “Chicote” nos dijeron que se lo habían llevado sus familiares a Mérida unos días, y allá lo contactamos a nuestro regreso para compartirles este encuentro.

Llegamos al encuentro de “el Chicote” y sólo de vernos dejó ver una amplia sonrisa haciéndonos sentir bienvenidos. Su estampa es la de un hombre muy conversador, cobijado debajo de un gran sombrero y de una cordialidad extrema que nos hizo disfrutar de un par de horas llenas de historias de su amigo Pedro, como si estuviera en ese momento en la isla. Su hablar se dificulta con lo que pienso, son los miles de recuerdos que insiste en ordenar  y que poco a poco nos fue entregando a pesar de los años para compartir en estas páginas.

“El Chicote” -comenzaba respondiendo Don José, viene de “chico” vocablo muy usual en le jerga popular del estado de Campeche que le fue impuesto desde  joven cuando  laboró en la Unión Americana, donde recuerda le pagaban a peso la hora por trabajar en los campos de Estados Unidos. Su infancia fue toda en Isla Arena donde se dedicaba a la pesca del cazón, la sierra y el pámpano que según recuerda eran capturados con redes donde “hervía el agua de tanto animal”. También nos contaba de los inmensos sábalos que poblaban esas aguas, de tamaños descomunales algunos, tanto, que hasta  dice recordar cuando uno de aquellos ejemplares atontó a un pequeño niño de un coletazo mientras saltaba y que le provocó la muerte al caer inconsciente al agua. Hoy -según cuenta, los muy grandes están en zonas más profundas  y sólo en algunos meses del año es que se acercan a las bocanas junto a los más jóvenes, los “baby tarpon”, y que su pesca se disfruta mucho por pescadores deportivos que acuden a estas aguas.

“Chicote” ha vivido 89 años llenos de experiencias que al parecer le hicieron obviar el matrimonio y que la complicidad de varias sonrisas le interrumpe, para traerle -sin duda- muy gratos recuerdos de sus años mozos. Cuesta trabajo imaginarse ese hermoso poblado lleno de las libertades que truncó la modernidad y el estres actual; con un mar repleto de peces, donde menos de cien personas vivían ajenos al mundo refugiados entre tanto mar y paz, para que el ídolo de México Pedro Infante llamara a la isla con justa razón: Isla de Encantos.

Con cierta picardía en su sonrisa cuenta que era adicto a la fotografía, a la cerveza y de “ojo alegre”, tenía una de las pocas cámaras de fotos que había en la isla y desde sus quince años fotografiaba todo lo que podía. Al crecer se compró un proyector Kodak de 16 mm para ganarse unos pesos pasando películas en una improvisada salita que ni ganancias le daba, hasta que por algún descuido le agarró fuego y de ello aún tiene marcas visibles en el pecho y los brazos. Sin duda  una vida llena de vivencias -casi una leyenda- que hoy forma parte de la historia de Isla Arena.

Nos contó Don José que una mañana aterrizó por primera vez en Isla Arena un pequeño avión de dónde descendió un hombre de bigotes que saludaba a todos. Vestía playera de manga corta y pantalón vaquero con una gorra de doble visera. En ese primer viaje estuvo mucho rato mirando todo desde la sombra del ala de su avión, mientras se iban acercando los curiosos. “Su humildad nos sorprendió la verdad, tampoco sabíamos quién era” pero al rato ya aceptaba una invitación para un pámpano asado y Pedro Infante Cruz que ya era conocido como “El Ídolo de Guamúchil” en el resto del país, quedaría enamorado de ese pequeño terruño, su comida y su gente, donde más de alguna quedaría prendada cuando al terminar de comer, él mismo pedía una guitarra para improvisar sus inigualables sobremesas, donde entonaba no menos de 5 ó 6 canciones “para despedirse de su gente”.

“Nunca se quedaba a dormir” -continúa Chicote, “el llegaba tempraniiito sobre las siete y se iba al mediodía, a veces a Mérida, pero la mayoría de las veces se iba a México donde casi siempre dormía, ya a las 7 estaba en la capital después de pasarse el día con nosotros... la verdad siempre ayudando a quien podía... hasta me dió un dinero para mi casita; cuando se iba me decía “Huerito” -así me llamaba- ahí te dejo tus botellas entregándome una o dos botellas de wiskhy, así era el señor. Cualquiera llegaba y le celebraba por ejemplo: el reloj, y ya se lo estaba quitando para regalarlo, de verdad, un gran señor Don Pedro... y todos lo queríamos mucho”.

¿Entonces venía a menudo?

-Sí señor, -comentaba Don José.

“Pedro  estuvo viajando durante más de dos meses a diario hasta la isla, di-a-rio, le gustaba mucho el comercio, dicen que viajaba seguido a Chetumal (hoy capital de Quintana Roo y zona libre en ese entonces) donde se dice compraba mercancías diversas, como herramientas, telas, ropas, hasta pescado para vender  y siempre pasaba por acá. A veces iba a Celestún o a Sisal antes de descubrir la isla, ya después siempre llegaba para acá... hasta que pasó lo de la planta de luz... creo que fue la última vez que vino. Sí, una planta de luz de siete kilos que nos mandó y nadie sabe cómo esa planta fue a parar a Isla Mujeres, eso lo disgustó muucho y por eso dejó de venir un tiempo, después me mandó un telegrama que regresaba y no, ya no vino más, fue cuando... bueno Ud. sabe, se estrelló su avión”

¿Cómo lo recuerda Don José?

–”Ahhhh, era muy buena persona,  la verdad. Siempre se aparecía con regalos ¡hasta hielo nos traía!  juguetes... de todo.Fíjese que había una señora -sonríe para continuar, de un turco, una morena ella, que estaba enamorada de él...pero él noooo, no, nunca tuvo amores en la isla. En ese entonces cuando llegaba era una fiesta para todos, todos iban a esperarlo y siempre que estábamos solos me decía que él quería hacer  algo bonito del pueblo, algo único, liiindo, y fíjese que acá no traía a nadie; siempre me decía que acá se iba a quedar a vivir. Le gustaba mucho el pámpano, asados, fritos, y a pesar de que no pescaba le gustaba el mar y a veces lo llevaban a pasear. Cuando aquello la costa estaba lleeena de pescado por donde quiera. Fíjese si le gustaba que se comía sus pescados y ni se lavaba las manos.. le gustaba como le cocinaban aca, sí, si... y sabe don...siempre estaba de muy buen humor.”

¿Qué hacía Pedro durante el día? 

“Naaada mi don... pasear y hablar con todos, jamás lo vimos tomarse un trago y era muy respetuoso con las mujeres... nunca las embestía. Se imaginará Ud.… más de una corría a arreglarse cuando  sentían el ruido del avión “ -comenta mientras sonríe para continuar: “Le gustaba mucho venir para acá, hubo un tiempo que visitaba también Celestún, pero acá era donde se sentía bien, acá le gustaba llegar y una vez que llegó a la isla... es más mi don... ¡nunca regresó a Celestún!.”

“A veces me llamaba para que fuera a buscarlo a Sisal, otra vez me llevó a Isla Mujeres cuando en Cancún no había ni casas.”

“Siempre me hablaba de lo que quería hacer acá. Le digo... jamás trajo a nadie, ni novias, ni amigos: nadie, yo creo que él sentía que esto era como muy de él, como que no quería que se supiera... así quería que fuera ¿y sabe Don?... se le extraña siiii...

¿Fotos? me quedan unas pocas allá en la isla, yo tenía muuuchas fotos de Pedro... pero sabe? Muchos vienen y las piden y más nunca las traen, hasta su misma familia una vez se llevó  fotos y no me las devolvió. Mi tía tenía también muchas fotos pero le cayó... como se llama el bicho... sí, eso: una plaga, y una persona le dijo a mi tía que había que fumigarlas y ¿qué hizo mi tía? le echó el líquido ese... ¿imagínese mi don?... ¡se echaron a perder toditas!.”

¿Me van a traer la revista? ¡Ah, a la isla? si llevan su hamaquita allá se pueden quedar ¡claro! fíjese don, que yo vivo solo, solito  pero tengo mi estufa propia, así que no se preocupen...”

Buenos abrazos y bendiciones terminaron con este primer encuentro con “el huerito” -como le llamaba su buen amigo  Pedro Infante y que prometemos continuar cuando regresemos por más a Isla Arena... por más de sus encantos.


  HERRAMIENTAS






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