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De campamento a Punta Herrero
Por: Rolando C√≥rboda

 Los que tenemos el privilegio de vivir en el sureste del país nos damos cuenta que a pesar de ello, cuando se viaja por la Gran Costa Maya, pareciera que estás en alguna isla perdida en medio del mar donde la naturaleza sin la presencia humana trata de mostrarse virgen a pesar de los años. Dejándose escuchar con todas sus notas no obstante la tecnología, que como dijera Marshall McLuhan “es lo que nos separa del medio ambiente”.

Nos esperaba en su oficina nuestro amigo Gonzalo Ruíz quien nos había comentado apenas semanas atrás  de los planes de salir a la Costa Maya de campamento. 

Partimos rumbo norte en una camioneta pick up desde las oficinas de Marlin Tour en Mahahual,  por un camino que se dejó transitar muy bien por 40 kms. de asfalto hasta el entronque con la carretera costera de terracería, para sumarle otros 40 kms. más que marcarían la llegada al faro, donde se ubica la comarca de pescadores en Punta Herrero.

Punta Herrero se encuentra en el extremo sur de la Bahía del Espíritu Santo, reconocida por sus humedales y por la pesca en zonas bajas donde se disputan las aguas el sábalo, robalo, macabí, la palometa, la barracuda y la langosta entre otras especies.

Se ubica en la zona central de la Reserva de la Biósfera de Sian Kaa’n en Quintana Roo y comparte su entrada al norte con Punta Pájaros y Punta Allen,   dos de los mejores escenarios para los amantes del fly fishing y famosos por los “Grand Slam” que tanto crédito le han dado a sus aguas.

Hoy por hoy habitan en Punta Herrero alrededor de 40 familias que se dedican al cultivo de la langosta y la pesca de escama agrupados en una cooperativa y que esperan que empresarios como el mismo Gonzalo, lleguen con la inversión oportuna para sumarle al desarrollo de la pequeña comunidad la economía necesaria que pudiera proveer el turismo ecológico, el turismo de pesca  o simplemente  llegar a un lugar alejado de toda la modernidad citadina y que resulta tan revitalizante en estos días.

Antiguamente los primeros pobladores se asentaron en una isla un par de kilómetros más al norte  donde era forzoso la llegada por mar después de catorce horas de navegación. Resultaba muy difícil el acceso a sus provisiones y tener sobre todo una vía rápida de escape por algún motivo de salud. Años después se trasladaron al área que ocupan en la actualidad donde la carretera costera los comunica con Mahahual  en apenas dos horas y media, posibilitando una ruta segura  que poco a poco se viene usando con más frecuencia,  sobre todo en las vacaciones, cuando muchas familias de los pescadores y amigos acuden a disfrutar por algunos días de este pequeño edén junto al mar, donde se disfrutan unos amaneceres que pagan con creces cualquier desvelo; la pesca es aún mejor y el contacto con gente  sociable  y muy alegre privilegia al visitante apenas llegando al lugar.

Toda el área de la Gran Costa Maya ha sido castigada muy fuerte por varios ciclones, cambiando su geografía con cada reconstrucción. Cuando conocí Punta Herrero, hace aproximadamente nueve años, las casitas se asentaban más pegadas al mar, entre el camino y el agua, donde compartían la orilla con inmensos árboles de uva de playa que los ciclones han ido extrayendo y que aportaban en ese entonces un aspecto más pintoresco y salvaje al lugar. Hoy gracias a la ayuda del gobierno y la voluntad comunitaria, este pequeño pueblo se presenta como más establecido y aunque aún sin luz, se pueden ver antenas de televisión por cable, que usan mediante plantas eléctricas o láminas de energía solar que algunos disponen sobre los techos de guano.

De igual forma ya existe una pequeña tienda donde abastecerse de lo imprescindible y sobre todo para el visitante que llega, los mismos pescadores  les ofrecerán además de sus cosechas, la posibilidad de cocinar lo que logres pescar como solo ellos saben hacerlo, o si lo prefieres rentar unas espaciosas cabañas rústicas, donde varios pueden colgar sus hamacas y pasar algunos días de puro relax o salir de pesca en cualquiera de las modalidades que ofrecen. En épocas de lluvia, sobre todo cuando no hay brisa, no olvide su repelente o vestirse con ropa larga; en alguna hora del día los moscos y tábanos pueden hacerlo sentir muy incómodo.

Armamos nuestro campamento ya casi cayendo la tarde junto a un canal que conectaba con el mar.  El agua súper cristalina, la temperatura muy agradable que incitaba sumergirse y quedarse ahí todo el día. Gonzalo y Manuel armaron sus cañas para asomarse de una vez al estero que nos quedaba a nuestras espaldas, y que al rato dejaba oir las exclamaciones por un pequeño jurel que cerró con muchas esperanzas el día.

Decidí examinar un poco el terreno de apenas veinte o treinta cabañas que comparten esta franja de costa donde la gente se brinda muy afable y conversadora. Se nota en sus ánimos lo que significa vivir  alejados del tumulto y el estres citadino en estos parajes que se dicen inhóspitos, a pesar de estar llenos de una vida impresionante en todo su esplendor, donde el día transcurre sin tiempos -de hecho- pocos usan reloj y ello pareciera un decreto para quien como nosotros, iniciábamos nuestra estadía en estas tierras.

Si la medicina cura la naturaleza sana.

Y hospitalizarse en estas “salas” debería ser motivo obligado al menos una vez al año para quienes intentan sobrevivir entre el tono de un nuevo mensaje de texto con una llamada en espera, mientras se intenta sortear el tráfico y llegar a la oficina enfrentando las nuevas noticias del día...

Nos bañamos para cambiarnos de ropa y disfrutar la cena donde unas colas de langosta al carbón con unas maravillosas tortillas hechas a mano, hicieron que nos sintiéramos como verdaderos reyes en el paraíso; a pesar de lo ajeno de lo primero y lo cerca que nos sentíamos de lo segundo.  La noche transcurrió entre historias y leyendas para retirarnos a nuestras “casas” que, con una  agradable brisa, nos esperaban al final del camino; intentaríamos dormir.

Despertarnos fue más allá de las expectativas contemplando un amanecer en un lugar con esa magia. Gonzalo desde “su casa,” colmaba de bromas el tiempo del –aún- final de la madrugada. En minutos estábamos listos para ir por un café que tanto rogamos, al que se sumaron unas empanadas de queso y cangrejo y que en ese contexto, resultaron algo más que una ofrenda bendecida por el mar.

Casi todos estaban despiertos. El ambiente, el usual de un pequeño pueblo o una gran familia: niños retozando allá en lo que otros se daban el primer chapuzón del día. Las doñas lavando algunas ropas mientras coreaban alguna melodía que un destartalado estéreo colgado en un clavo oxidado dejaba escapar.

“Gonzalo espérate… pa’ que se desayunen unas mojarras frescas…” -Gritaba un pescador que a pocos metros salía a golpe de vara con su bote al corral de sus trampas.

Las trampas, son una especie de cercado que ponen algunos meses del año, “cuando corre el pez” (cuando se desplaza bordeando la costa). Clavan un camino de estacas perpendicular a la orilla y anclan a esta fila de ramas una cerca o malla que sale del fondo hasta la superficie y que dirige los peces mar afuera unos 80-100 metros aproximadamente. Al final de esta “barda” y que el pez bordea buscando una salida, lo que logra es entrar al final por una angosta entrada al “corazón” que no es más que un espacio cerrado en forma redondeada donde se quedan nadando en círculos y que la salida posible (y que lo guiará de nuevo la corriente) es una estrecho agujero en el extremo y que les da paso a lo que llaman “el corral”. Ahí los peces permanecen creciendo con pocas posibilidades de salir; este espacio es similar al “corazón” y permanece cubierto con una red para evitar los ataques de los pelícanos.

Funciona como una alacena natural; donde el dueño de la trampa (son varias y de distintos pescadores) extrae mojarras, pargos, jureles, meros o barracudas que llegan al corral para quedarse y que sirven para el consumo diario y ventas ocasionales.

Salimos en nuestra embarcación bordeando una zona frente al faro, conocida  por el arribo de tiburones martillo de más de 300 kilos, meros y pargos muy grandes que más de una vez alimentaron heróicas  historias que veníamos compartiendo junto a aguas cristalinas, dejando ver a pocos pies de profundidad, un arrecife productivo con mucha vida en su entorno. Troleamos un rato para convencernos de la gran cantidad de barracudas hasta llegar a la zona para pescar de fondo, donde  Manuel y yo optamos por usar jigs ligeros. Se subieron cabrillas de un rojo intenso, meros, abadejos y dos pargos medianos que dejaban ver una excelente opción de pesca en esos lares.

La sorpresa de un jig ligero.

Jigs de 3 y 5 oz.  recorrían constantemente unos 25 metros hasta el fondo cuando de pronto mi caña se dobló de manera brusca mientras recobraba un Shimano de 55 gramos... me enredé -pensé de inmediato-. Dos jalones seguidos muy fuertes que no coincidían con el navegar de la lancha despejaron las dudas: no era enganche con alguna piedra en el fondo, mientras un tercer jalón echaba al agua otro buen tramo de línea... ¡es bicho grande! –dijo Manuel desde la popa-, mientras yo evitaba apoyar la caña en la borda impidiendo hacer palanca, lo que podría quebrar la Ugly Lite. El Saragosa alardeando sus 33 lbs de drag y Gonzalo dando instrucciones al pescador, para colocar la proa en dirección a lo que fuere, que venía marcando el rumbo. Confiaba en la vara que soportaba, a pesar de su poco poder y como toda lite ya estaba vuelta una U perfecta. Recobraba solo unos metros... las corridas volvían de nuevo.

Estuve batallando más de 45 minutos, hasta que Gonzalo notándo mi cansancio me dijo -te ayudo- y asumió la caña. Lograba recuperar lo posible una y otra vez pero el pez insistía en no dejarse ver.  También pasó por debajo de la quilla dos veces, todos temerosos de que quebrara la trenzada por el roce estando tan tensa, lo que por suerte no sucedió.

Alisté mis cámaras y mientras esperaba disfruté el spool dejando salir línea, la batalla continuaba. Me preocupaba que lleváramos más de una hora de pelea con un sol fuerte y el estómago peleando además, por tanto espacio vacío.

Gonzalo lo peleó un buen tiempo. Me convencí que esa caña no mataría lo que fuere a no ser que dispusiéramos de mucho más tiempo para cansar al pez... y no había mucho tiempo.

La experiencia había sido muy buena, la posible decisión de cortar, más que lastimar nuestro orgullo podría lastimar al pez condenándolo a muerte si el jig quedaba dentro, pero son esos momentos que no aparecen opciones y cortamos. Regresamos para disfrutar de un ceviche de caracol que privilegia a esta zona, blanco y  suave, que  sin mucho esfuerzo podíamos trozar con unas tortillas que completaron la merienda, antes de volver a subirnos a la lancha.

Conoceríamos la actividad eje de esta cooperativa:  la pesca de la langosta que en ciertos meses del año deben bucear mar afuera. Las transportan en unas especies de viveros hasta llegar cerca de la orilla donde las encierran en unas jaulas  dentro del mar o criaderos, hasta que las embarcaciones de las cooperativas llegan por ellas. También las cosechan en unas hermosas lagunas dentro del estero con apenas 1-2 metros de profundidad y hasta menos, donde llegan a refugiarse del mal tiempo o huyendo de sus depredadores.

Para cosechar la langosta en estas lagunas, se colocan las “sombras”: una especie de láminas hecha de concreto de poco menos de 1 x 1 metro, que se colocan como un techo inclinado en el fondo donde la langosta se refugia del sol y que el pescador, con visor y remolcado por la embarcación va revisando una a una. Las primeras que revisamos tenían langostas dejando ver sus antenas, señal para que el pescador con un bichero desde arriba o sumergiéndose hasta la misma entrada de la “sombra” extraiga las de mayor tamaño. Una vez en la mano, les propicia en la panza otro pinchazo con el bichero para matarla y dejarla caer al fondo. Esto lo hace para no perder tiempo llevando una a una hasta la lancha que se mantiene a unos 3-4 metros para no enturbiar el agua o que se asusten por la sombra de la embarcación y salgan en distintas direcciones. De esta manera, cuando  tiene las que selecciona por su tamaño, se sumerge y con las manos las recoge del fondo para subirlas a la lancha y así va de una “sombra” a otra.

Las “sombras” pueden o no tener langostas o del tamaño permitido para extraerlas. Es un trabajo que requiere dedicación pero que vale la pena y es parte de lo que se pretende implementar con el cuidado necesario; como una de las opciones que puedan optar los visitantes a estas aguas: nadar y conocer la langosta en su hábitat natural y permitiendo al menos la captura de un ejemplar de buen tamaño para su consumo durante la visita. Una vez con las langostas a bordo se les separa la cola con un cuchillo. Se corta la punta de una de sus antenas y se le introduce por el orificio anal, extrayendo de manera muy fácil lo que le llaman “la tripa” que no es bueno llevar a la mesa por el sabor que le impregna a la carne. Nos llamó la atención que dejaban las cabezas a bordo, agrupadas a un lado y enseguida obtuvimos la respuesta:

“Nunca tiren restos de langostas donde estas viven, las que quedan se espantan y no regresan nunca más a la zona…” nos comentaban.

Navegando entre los canales ya de regreso, buenos cardúmenes de pargos merodeaban como esperando algún resto de comida. Se veían caracoles en el fondo y nos mostraron uno mediano para constatar que su dueño seguía vivo dentro de su casa. Una tortuga se nos cruzó en el camino, también parecía preferir aquellos bajos, donde era evidente que los ramales caídos en las bocanas o los árboles que yacían desde el último ciclón -anclados en los canales, funcionaban como un filtro para dejar pasar las especies más vulnerables a resguardarse de los grandes depredadores...

- ¿Y qué hacemos con las cabezas?  “ Ah!... las tiramos en la bocana donde están las estrellas de mar… se comen todo: carapacho, patas, antenas… todo”.

 -Ahí están...  dejamos caer las cabezas y restos de langostas en los bajos del canal, donde se encontraban unas inmensas estrellas de mar, de colores rojo, amarillo y naranja, de al menos 30 cm de diámetro.

Regresamos al caer la tarde, vadeando unos angostos canales con dos cubetas a bordo, una  de langosta y otra mucho mayor, llena de nuevas experiencias que compartir, nuevos amigos y el placer de conocer estos parajes, con tanta ausencia y presencia a la vez. Después de la comida alistamos todo para el regreso a Mahahual; regreso que disfrutamos en silencio entre kilómetros y kilómetros de generosa naturaleza, playas vírgenes y por supuesto: terriblemente borrachos... de tanto mar.


  HERRAMIENTAS






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